El restaurador

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Juan Pablo Camus trabaja con la precisión de un cirujano, investiga como si fuera un historiador, posee la sensibilidad de un artista renacentista y las técnicas del oficio de un noble artesano.

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Concordamos. No hay nada más triste que una antigüedad deteriorada por el paso del tiempo, sin pedazos, rasgada o trizada, algunas sólo sucias y otras maltratadas por sus dueños, quienes les aplican seudo reparaciones, que en vez de ayudar a conservarlas lo único que hacen es estropearlas. Es con lo que se ha encontrado Juan Pablo Camus en sus más de 30 años de oficio. Le han llegado pinturas “limpiadas” con la mitad de una papa o cebolla. “Una absoluta ignorancia”, recalca.

Camus no se topó instantáneamente con el mundo de la restauración, pero de alguna u otra forma su camino lo llevó por este rumbo. Estudió en la Escuela de Artes y Oficios del Museo de Bellas Artes y Diseño Industrial en la Universidad de Chile. Alcanzó a estar tres años antes de que cerraran la escuela en el 73.

Pronto vino su época de aventurero en Londres. Tenía apenas 20 años y en los diez siguientes hizo de todo. Pero fue en sus calles, entre la arquitectura normanda, la medieval o del renacimiento británico, como las del Royal Albert Hall o la Abadía de Westminster, donde de alguna manera comenzó este camino. Las ferias de antigüedades, como las de Covent Garden, Old Spitalfields o la de Portobello Road, en Notting Hill, tal vez la más grande en el mundo, se convirtieron en uno de sus paseos cotidianos para descubrir antigüedades y objetos de colección.

Entre sus amigos estaban algunos decoradores de la época, como el chileno radicado en Buenos Aires Juan Pablo Molina o Víctor Figueroa, quienes le comenzaron a encargar antigüedades. Como él vivía en Londres era más fácil pedirle a él las piezas para sus decoraciones, casas o sus amigos.

Luego vino el boca a boca. Mientras tanto, siguió perfeccionándose. Primero en Artes Decorativas en el Victoria and Albert Museum, y luego la orfebrería para comenzar a restaurar metales, entre otros cursos que ha tomado ya en Chile. “En restauración uno nunca termina de perfeccionarse. Cada objeto implica un profundo conocimiento de cómo se hizo y de la técnica usada”, explica.

Esta labor es en extremo delicada. Dar a cada pieza la correcta valorización en su contexto histórico, técnico y artístico, además de una serie de decisiones para ejecutar las acciones más adecuadas para evitar su degradación y poder así restaurarlas. Es un arte. Se exige mucho conocimiento, motricidad fina y aptitudes manuales para la manipulación de materiales y el uso de herramientas muy variadas, que van desde un pincel, hasta un bisturí. Incluso trabaja con aerógrafos para pintar una porcelana y con maquinaria dental para lograr trabajar ciertos detalles que necesitan un gastado particular y alisado.

Y ni qué hablar de los químicos. Camus trabaja con solventes muy fuertes y de amplio espectro para poder recuperar el barniz y quitarle la oxidación provocada por el paso del tiempo (ese tono amarillento). Otros materiales que usa van desde la cera de abeja virgen para poder re-entelar una antigua tela a la que le falte un pedazo de lino o esté rasgada, láminas de oro, cola de conejo que ocupa para preparar telas, pedazos de madera y yeso, entre muchos otros importados desde la meca de las restauraciones, Italia.

Por sus manos han pasado un sinfín de antigüedades, que van desde iconos rusos, pasando por muebles chinos lacados, pinturas chilenas del siglo XIX, marfiles, porcelanas, bergere, sillas de estilo y una colección de muebles, objetos decorativos y pinturas. Ya instalado en Chile, recibe a sus clientes en un agradable e iluminado taller en una casa de fachada continua en la comuna de Providencia.

Teléfono 9-550 7878. jpcamusv@gmail.com