La buena vida

Conocida por su buena mano y por la exclusiva tienda de utensilios de cocina que lleva su nombre, Verónica Blackburn murió este sábado 25 de julio, víctima de un cáncer. La famosa chef y profesora gastronómica, colaboró en varias oportunidades con Revista ED. Para recordarla, compartimos uno de sus viajes a su querida casa en La Provence.

 

Una experta en viajes y enamorada de La Provence desde siempre, Verónica Blackburn nos cuenta sus últimas vacaciones en esta maravillosa provincia francesa, desde cómo arrendar una casa a la mejor manera de dejarse maravillar con calma por sus pueblitos.

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Mi amor por La Provence empezó inconscientemente a los 6 años, cuando en esos fríos días de invierno en la Alianza Francesa en Traiguén cantábamos en ronda en el patio «Sur le pont d’Avignon l’on y danse, l’on y danse, sur le pont d’Avignon l’on y danse tout en rond». Conocí Avignon en el año 1985 y me emocioné al ver ese puente tan recordado. Además estuve en varios pueblos, St. Remy de Provence, Arles, Nimes, St. Tropez, entre otros. La Provence tiene seis departamentos: Bouches–du–Rhône, Vaucluse, Var, Alpes–de–Haute Provence, Alpes Maritimes (la riviera) y Hautes–Alpes. Partimos quedándonos varias semanas en Fayence, en la zona de Var, donde existen varios pueblos preciosos como Seillans, Callian, Tourrettes, pero en hoteles. Pasando por una vitrina vi que se vendían y arrendaban casas, y a la vuelta de ese viaje, una vez en Santiago, decidí buscar en internet para volver alguna vez.

EN VAUCLUSE

Me tincó una agencia americana, Justfrance.com, y encontré una casa preciosa, «La petite colline de Roussillon», de dos dormitorios y muy bien puesta, cerca de Gordes, en la zona de Vaucluse. Escribí preguntando por el precio, pero antes de darme mucha información la corredora me pidió que «le hablara un poco más de mí». Me di cuenta que estos sudamericanos le provocaban desconfianza, le pedí que me googleara, y le dije que la otra pareja que iba con nosotros era un médico muy conocido y que su señora estaba dedicada a sus nietos. Todo era verdad, excepto la señora del médico, que adora a sus nietos, pero es mi gran compañera de viaje y amiga, Keka, y pasamos riéndonos por la vida. ¡Ya pasamos muchas penas juntas y ahora hay que pasarlo bien! Bueno, finalmente se convenció que nuestros negocios eran legales y que era seguro arrendarnos la casa. Pagamos por adelantado y además pidieron un deposito de garantía de US$1.000. El arriendo salió US$6.000 por semana, con un 2% de descuento por pago por transferencia bancaria.

Una vez allá, el acuerdo era encontrarse frente a una fuente de agua antigua en Coustellet (al lado del Museo de la Lavanda) a las 3 pm. Llegamos adelantados y recorrimos el pueblo, encontramos una pastelería exquisita donde compramos unos macaroons deliciosos, más unas tartaletas de frambuesa y por último helado de caramelo con lavanda. Llegó Madame y nos pidió que la siguiéramos.

Reconocimos de inmediato la casa. Está a 200 metros de un camino rural, con muchos árboles alrededor, no se veía ningún vecino. La casa por dentro estaba con un poco más de uso de lo que aparecía en las fotos, pero todo limpio y acogedor. El segundo dormitorio tenía dos camas, pero eran camas nido, por lo que eran seis camas en total en la casa. No existían puertas entre el living y comedor y cocina, sólo arcos, lo que la hacía muy amplia. Había leña para la chimenea, en el comedor un mueble lleno de vinos –se podía consumir lo que se quisiera, pero había que reponerlo–. La cocina tenía el refrigerador vacío, pero había todo lo básico: aceite, mostaza, sal, pimienta, condimentos, lavalozas, y pedían que se repusiera lo que se usaba. Un agrado. Los dormitorios con las camas hechas, jabón y todo lo necesario en el baño para una semana. Sobre cada interruptor se indicaba para qué luz era, y así con cada cosa. Se despidió Madame y nos informó que la nana venía una vez a la semana a hacer el aseo, pero podíamos pedirle más días, lo que hice y fue un error, ya que llegaba muy temprano y nos hacía el baño antes de ducharnos. Teniendo esa independencia tan grande en una casa, mejor es hacer uno la cama.

Para comida lo ideal es ir a las ferias libres, que generalmente cierran a la 1 pm. Ahí se encuentran todo tipo de quesos, quiches, panes, tapenade de tomates, ensaladas, es una locura exquisita. Solo cociné un día, un magret de pato; el resto del tiempo comimos lo que compramos en la feria.

VIDA DE PUEBLO

Fue una experiencia exquisita aunque algo corta. Para el próximo viaje, decidimos arrendar nuevamente, pero buscamos otra agencia. Elegimos Theluberon.com y arrendamos una casa de tres dormitorios, a la mitad del precio que la primera y con mejor vista, las mismas comodidades, ¡incluyendo piscina y piano de cola blanco! La pueden visitar en el sitio, se llama “La Coquiere”. También en ese sitio web están los días de los mercados en los diferentes pueblos, y no hay que perderse ninguno.

Es mucho mas fácil de lo que parece, tener auto es indispensable (lo mejor es arrendar en Europcar por internet). Para esta zona llegamos en avión a Marsella, se puede llegar en TGV a Aix-en-Provence o Avignon y la zona del Luberon queda a 45 minutos. Hay casas desde 700 euros a la semana, depende de las comodidades, si está afuera de un pueblo o adentro, si tiene piscina. Las casas más baratas comparten piscina y es recomendable tener una porque el calor puede llegar hasta los 34 grados. También hay casas con hasta 11 piezas y para todos los precios.

La agencia para toda Francia con precios más accesibles es Gite.com, y para casas más caras está la antes mencionada Justfrance.com, Purefrance.com y finalmente Abercrombie & Kent, que son de lujo total. Personalmente me quedo con Theluberon.com, que tiene de todo. Para otras zonas como St. Remy-en-Provence se puede buscar en Gite.com y las otras agencias mencionadas. Es una zona más cara que Luberon y queda a una hora de Gordes.

La idea de este tipo de vacaciones es relajarse, visitar los mercados, almorzar en un pequeño pueblo, sentarse bajo los olivos a la hora del calor con un agradable rose de Provence como aperitivo y con las chicharras que sólo dejan de cantar al anochecer, imitando a Peter Mayle y su inolvidable libro A Year in Provence.

Aparte de mi panorama favorito de ir a las ferias, los pueblitos son lo más entretenido. Primero, la abadía de Senanque, que es la que aparece en la clásica foto de La Provence que queda bajando desde Gordes en un valle precioso y precedido por un campo enorme de lavanda en flor, no la cortan. Si quieren ver los campos de lavanda en flor hay que ir en junio, en julio ya esta toda cosechada. Adentro, la abadía no tiene ningún adorno, las ventanas sin vitreaux, e impacta por su austeridad.

Gordes es una de las grandes atracciones, con casi todas las edificaciones de piedra blanca, lo que contrasta con Roussiillon que es enteramente ocre. Prefiero la última por ser más pequeña y misteriosa, está llena de recovecos y rincones donde nunca falta un gatito durmiendo en una ventana.

En el llamado Petit Luberon hay varios pueblitos: Bonnieux, donde fuimos a la misa más linda que recuerdo. El cura era de Costa Marfil, muy alto y maceteado. A la iglesia había que acceder a pie por un camino muy pedregoso. Los candelabros que estaban repartidos por toda la iglesia, con las velas prendidas (todas nuevas), daban un ambiente mágico. No había mucha gente en la misa y nos instó a acercarnos más. En su prédica se refirió a unos niños que estaban con sus abuelos, y les dijo: «Sus abuelos los quieren mucho, por eso los traen a misa». Me pareció tan lindo.

Después de la misa bajamos al Museo de la Boulangerie, atendido por una malhumorada mujer que apenas contestó nuestro «Bonjour madame» sumamente alegre. Interesante. Luego seguimos a Menerbes donde me habría quedado feliz sentada bajo un plátano oriental, recorrimos sus calles angostas con preciosas vistas, pequeños restaurantes y tiendas con ropa muy linda. Por supuesto nos tentamos con unas cositas…

Luego bajamos a un museo de sacacorchos: a un coleccionista se le fue de las manos su colección y decidió abrir un museo, donde además tiene una tienda con objetos de La Provence y lindos libros.
Seguimos a Lacoste, un pueblo pequeño con un castillo en ruinas que originalmente perteneció al marqués de Sade. Ahora pertenece a Pierre Cardin, nos cruzamos con él (está hecho un gordo indecente) y como nos escuchó hablar, nos dirigió algunas palabras en español. No vale la pena visitarlo.

Cruzamos los cerros para llegar a Lourmarin que es menos visitado, y nos sorprendió por lo entretenido. Todo el mundo en la calle en cafés, conversando, relajados, vida de pueblo total, recomiendo ir en la tarde y comer temprano. Y a propósito de comer, la hora de los restaurants es a las 8, a las 9 el chef se va a su casa. Los admiradores de Albert Camus pueden visitar su tumba. Hay varios restaurants excelentes entre Joucas (cerca de Gordes) y Murs, un par de Relais & Chateaux y un restaurant de una estrella exquisito. En Murs, que es una joya, chico, con un chateau privado maravilloso, hay un restaurant/hotel que tiene un nombre un poco pretencioso, «Crillon», donde llegamos como a las 8:15 sin reserva, y después de mucha conversa entre el mozo y el chef, accedieron a atendernos siempre que todos comiéramos lo mismo. Dijimos que bueno altiro, ya que en uno de los Relais y Chateaux no quisieron darnos mesa, aunque había, aduciendo que era muy tarde… Recuerden, esto es provincia y se come temprano.

Pernes-les-Fontaines hacia el norte es otra maravilla, poco visitada, con un rico viento y un restaurant que no pueden perderse, Au Fils du Temps, razón por la cual no llegamos a Carpentras. Sí fuimos otro día a Orange, donde lo único que vale la pena es el teatro romano antiguo, es una joya y en julio y agosto tienen ópera. No tomen el tour de la ciudad con un carrito que la recorre. Hay un arco de triunfo antiguo al que pueden darle una vuelta en auto.

Avignon es un poco antipático en julio por el festival de teatro. Me encanta el teatro, pero la ciudad la afean con afiches pegados en las antiguas paredes, mucho teatro callejero de segunda categoría y atiborrado de gente. Mejor es irse a St. Remy, precioso, ojalá el día de mercado (miércoles) que se expande por varias calles y luego ir a Les Baux, con buenos zapatos porque hay que estacionarse muy lejos y subir por un camino empedrado bien antipático. Es uno de los pueblos mas visitados, así es que paciencia, pero vale la pena.

Hacia el sur vale la pena conocer Arles, donde Van Gogh pintó mas de 300 cuadros –aunque en la ciudad no queda ninguno–, visitar la arena romana y el convento donde vivió y también pintó; el cuadro está en el museo Oskar Reinhart en Winthertur, Suiza. El convento está igual que la pintura.

La Provence es para tomársela con calma, no es la idea conocer diez pueblos en un día, hay que parar y escuchar el viento. Bon voyage et bon appetit!