Mercados al sur de la India: Fiesta de los sentidos

Fiesta de los sentidos, Itinerario Revista ED

Los exuberantes mercados de las ciudades al sur de la India son un reflejo de la identidad de este país pujante y tradicional. En cada uno de sus puestos se puede probar, oler y palpar —como en ningún otro espacio urbano— el desarrollado gusto que tienen los indios del color y las texturas. Aquí, un paseo por algunas ferias y bazares que renuevan a diario una de las caras más coloridas de la “abuela del mundo”.

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Hay quienes recomiendan nunca mostrarse muy interesado en algo que se vaya a comprar en la India, porque eso daría la impresión al vendedor de que cuenta con una ventaja en una de las transacciones más comunes de sus mercados: el regateo. “Siempre muéstrate indiferente y comienza preguntando cuál es su mejor precio”, recomienda Adam, un viajero neozelandés de 30 años, adiestrado en esta técnica tras seis visitas al segundo país más habitado del mundo. “Luego, pregunta si te pueden hacer un descuento”, agrega probando un mango recién adquirido por 20 rupias (algo más que $160 pesos chilenos).

Lo cierto es que comprar en los mercados indios es un rito. Son los primeros locales comerciales que abren sus puertas al público y, a veces, los últimos en cerrar. Suelen encontrarse en el corazón de las ciudades y en ellos se transan desde los alimentos más básicos de cocina, hasta sofisticadas delicadezas locales y elementos ceremoniales. Inciensos, tintes, sedas y flores se despliegan entre frutas y verduras que se ofrecen a viva voz entre sus estrechos pasillos, siempre cubiertos por toldos de colores. No hay espacio que se pierda, todo se exhibe y se monta con experticia para ser visto, olfateado y probado.

El sur de la India es un buen lugar para hacerse una idea del vibrante acontecer que se vive en sus mercados. Pasando por el centenario mercado de Devaraja en Mysore, hasta el alucinante y desconocido bazar de Vellore, los estados de Karnataka, Tamil Nadu y Kerala concentran la actividad de Dravida, la zona peninsular de este enorme país. Aun cuando es posible encontrar distingos que responden a la particular identidad de cada uno, todos comparten un mismo espíritu: son espacios dinámicos donde se mantiene viva la tradición de la transacción.

Mientras unos pocos mercaderes han decidido ponerle precios fijos a sus productos para evitar el regateo, la mayoría están dispuestos a negociar. Llegar a un acuerdo puede ser un arte. “Si el precio que te ofrecen te parece muy alto, puedes marcharte y eso obligará al vendedor a bajarse”, asegura Adam paseándose por el Devaraja Market de Mysore, que data del reinado del sultán Tipu (siglo XVIII). Aquí los dueños de los puestos han entrenado a jóvenes indios que manejan frases en múltiples idiomas para atraer clientes. “¿Franceses, americanos, italianos? Pasen a ver mis inciensos”, nos dice un chico mientras nos abrimos paso entre guirnaldas de flores.

El funcionamiento cotidiano de este mercado contempla cerca de 842 tiendas, repartidas en más de doce mil metros cuadrados y es administrado por la Corporación Municipal de Mysore. El olor de los jazmines se mezcla con el de las rosas y los crisantemos que sólo dura un instante cuando se impone el olor de los pescados. Más allá, las frutas y verduras se ordenan por sus colores; a un lado los verdes: el cilantro, las hojas de menta, las alholvas germinadas y una gama de espinacas; al otro, el amarillo de los pimentones, los limones y los distintos tipos de plátanos contrastando con el rojo de los tomates, las sandías abiertas y las granadas.

Luego se encuentran los kum-kum o kumkuma, tradicionales polvos ceremoniales del hinduismo, ordenados en pirámides por colores. La mayoría están hechos de cúrcuma o azafrán. “La cúrcuma se seca y se muele con un poco de cal”, nos explica uno de los vendedores mostrándonos un elaborado paquete con 8 tonalidades que no alcanza a costar $500 pesos chilenos. Los indios suelen aplicarse a diario una huella de kum-kum entre las cejas, en el tercer ojo, lugar del sexto chakra. Grandes cantidades de estos polvos también son utilizados para celebrar Holi, una de las ceremonias más importantes del país.

Tanto sacerdotes como dueñas de casa, vienen al mercado a abastecerse de elementos rituales: velas, imágenes religiosas, colgantes y piedras pasan de las estanterías a las bolsas de compra y de ahí a los altares tanto públicos como privados.

Entre los mercados imperdibles del sur de la India se encuentra el bullicioso y laberíntico mercado de Krisha Rajendra, históricamente dominado por musulmanes y actualmente convertido en un centro de atracción turísica de Bangalore, la capital de Karnataca. Sus múltiples redes de pequeños mercados, interconectados en un gran edificio que data de principios del siglo pasado, constituyen un paseo obligado tanto para locales como para turistas. Le siguen los afamados mercados de Trivandrum, Chennai y Coimbatore, por donde circulan mendigos, sacerdotes, comerciantes y bueyes cargueros. Pero es en las pequeñas ciudades y pueblos, alejados de las metrópolis, donde la tradición se mantiene más viva.

El mercado de Vellore, una pequeña ciudad famosa por sus hospitales y templos ubicada a algunas horas de Chennai, no aparece en ninguna guía turística, pero es, sin duda, uno de los más atractivos del estado de Tamil Nadu. Se encuentra en pleno centro de la ciudad y se accede a él por los estrechos pabellones de un centro comercial que lo rodea. Una vez dentro, los oficios de la feria de antaño recuperan su vigencia. Ahí están los feriantes pesando con antiquísimas balanzas sus mercancías, los vendedores de pescados afilando cuchillos con piedras, los cargadores transportando costales en sus cabezas, todos teñidos por la luz que los toldos plásticos filtran generando vivos colores.

Los carteles están hechos a mano con llamativas tipografías y caligrafías espontáneas; lo mismo ocurre con los estampados de los bolsos y con las imágenes sagradas: el despliegue de elementos gráficos es impresionante. Pareciera ser que está aferrada en la identidad india una sensibilidad natural para ordenar y exhibir los productos que es a la vez saturada y precisa. Los saris de las mujeres que se pasean por los mercados combinan con las frutas y flores que se venden, los turbantes de los hombres juegan al contraste con los toldos y los cajones fruteros. Toda la visualidad de tonos y texturas parece estar trenzada orgánicamente. Unos ofrecen, otros lanzan contraofertas, cerrar un buen negocio –en que tanto vendedor como comprador queden conformes– es sinónimo de astucia y de prosperidad.

Y es que en los mercados, ferias y bazares indios conviven musulmanes e hinduistas, viejos y jóvenes, hombres y mujeres, todos por igual, generando una activa dinámica de intercambio que renueva a diario el quehacer de sus ciudades y sus habitantes. Estos espacios de intercambio se niegan a desaparecer porque construyen identidad. Ahí no sólo las frutas, verduras y pescados son los que están frescos; está viva una tradición que honra las habilidades de los indios: el exquisito y natural gusto con el que saben mezclar colores, contrastar texturas y exponer sus mercancías. Además de ser el espacio público más concurrido donde se celebra a diario la inteligencia y el humor como herramientas de interacción entre unos y otros.

  • Los vendedores indios consideran que la primera venta del día les traerá (o no) suerte, por eso es recomendable visitar los mercados apenas abren: los productos están frescos y los mercaderes están más dispuestos a negociar.

  • Las flores son parte del día a día en toda la India. Cumplen funciones ceremoniales y ornamentales. Principalmente se usan como ofrenda a los dioses y como adorno en el pelo de las mujeres.

  • Los puestos en los mercados indios tienden a especializarse solo en uno o dos productos. Y generalmente lo que no se encuentra dentro del mercado está en sus alrededores, donde suelen instalarse tiendas de seda y restaurantes locales.

  • Imperdible es comerse un thali (plato vegetariano tradicional del sur de la India) en los restaurantes locales que abundan alrededor de los mercados. La bandeja circular del thali incluye arroz, dhal, verduras, chapatis, papad, cuajada y pequeñas cantidades de chatni.