Retro: George Anastassion, un griego al viento

En su cabeza conviven trufas, nueces, molibdeno, mitos, islas y danzas griegas; concursos de robótica, programas educativos y sociales; proyectos inmobiliarios, turísticos y financieros. Todo de aquieta en las mañanas, en el ejercicio y la contemplación de la naturaleza. Todo se libera en una cabalgata, manejando un descapotable o en la proa de una embarcación, cuando el espíritu mediterráneo se complace en confirmar su libertad.

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El abuelo paterno de George Anastassiou fue un ingeniero griego que en algún momento de fines del siglo XIX, enrolado en un proyecto de construcción de líneas férreas, se sacaba fotos junto a elefantes y miembros de una tribu africana en medio del continente negro. Esas fotos George las vio desde niño. Desde chico también escuchó las historias de este aventurero que un día se embarcó a tender líneas de tren al Perú, pero que en el barco conoció a la chilena Sabina Alcayaga, quien venía de vuelta de París, tras revocar una ilusionada vocación religiosa. El viaje rectificó los destinos y los enamorados se bajaron juntos en el puerto de Coquimbo para irse a vivir a La Serena y al Valle del Elqui, donde la familia de la novia tenía tierras. Se casaron y tuvieron siete hijos, entre ellos, Homero Anastassiou Alcayaga.

El abuelo materno de George Anastassiou fue George Mustakis Dragonas, quien desembarcó en Valparaíso en 1924, vestido entero de blanco, luciendo polainas y un estiloso sombrero Panamá Jack. El comerciante griego, oriundo de Dentrinata, pequeña caleta pesquera de la isla de Cefalonia, venía a establecer contacto con productores locales de ajos y aceitunas para luego enviar a Nueva York, donde tenía un negocio de almacenes junto a uno de sus hermanos. Tras haber estudiado en Egipto y trabajado en Rusia, Mustakis se había instalado en Estados Unidos para alejarse de la Gran Guerra, y se había concentrado en la comercialización de productos agrícolas y alimentos para la colonia griega establecida en Brooklyn. El viaje ese año a Chile fue especialmente decisivo. Hizo buenos contactos, generó buenos negocios y se asoció a la que sería una nueva y próspera empresa: Gianoli Mustakis. Tal vez sintió que por aquí venía la cosa y entonces fue a Grecia a buscar a su novia, Elena Kotsilini, y volvió casado y con un futuro por delante a instalar su residencia definitiva en Valparaíso. El matrimonio tuvo dos hijos, Helen y Constantino Mustakis Kotsilini.

Después de construir algunas líneas de ferrocarril en El Tofo, en el norte de Chile, el ingeniero Anastassiou se dedicó a las papayas. George Mustakis, por su lado, llegó a ser un gran empresario y patriarca de la comunidad griega en el país. Transformado en referente y actor relevante del acontecer económico de esos años, en su gran casona de la calle Alvarez en Viña del Mar, George Mustakis recibía a los protagonistas de la vida intelectual, empresarial y política de la época en los llamados “Miercolinos”, donde se discutía y anticipaba la pauta de todo lo que ocurría en el país. Para el pequeño George, esos eventos de su abuelo equivalían a presenciar las sesiones de una cámara de diputados en su propia casa de veraneo.

Peso pesado la familia que le tocó.

Sí claro, mis dos abuelos fueron aventureros, grandes emprendedores, personalidades muy atractivas. Por supuesto eso queda en la familia. Los primos por los dos lados tenemos algo de ellos, nos buscamos sacar “la foto junto al elefante”… De todas maneras el legado familiar se introdujo en mi vida de manera muy natural, desde el principio yo lo sentí como un conjunto de herramientas y exigencias. En algunos momentos ha sido duro y he tenido que renunciar a algunos sueños, limitar el tiempo que dedico a otras cosas que me gustan, pero todo se compensa en los resultados que veo en los proyectos en que me he embarcado.

El destino nuevamente hizo lo suyo, y Homero Anastassiou conoció a Helen Mustakis. En 1943 se casaron bajo los ritos ortodoxos en la casa de Recreo de Gabriel Mustakis, tío de Helen, y de entre los cuatro hijos que tuvieron, George nació segundo y es el único hombre.

¿Cómo distribuye su tiempo actualmente?

Un 20% lo dedico a Molymet –empresa chilena, líder mundial en el procesamiento y reciclaje de subproductos del cobre–. Otro 20% del tiempo lo destino a transferir a la nueva generación el legado familiar que he recibido, y al cual he tratado de agregar algún valor. Creo que las transferencias deben ser lo más armónicas posibles y para eso hay que dedicar tiempo y empatía. También soy de la idea de que las empresas familiares deben estar permanentemente cuestionándose y refrescándose. En ese sentido, me desempeño como vicepresidente de la Asociación de Empresas Familiares. Otro 25% lo dedico a actualizar las ofertas de valor de la Fundación Mustakis, dirigida a niños y jóvenes, con un conjunto de programas de aprendizaje que buscan una transformación significativa en sus vidas. Participo además de otras instituciones como Prohumana y Ashoka, para apoyar a personas y empresas que lideran cambios en la sociedad. El resto del tiempo lo destino a los negocios que ¡generan plata!… Tengo más de 20 proyectos andando.

Pareciera que todo llegara a sumar 300% de tiempo…

Siempre he tenido espíritu de chinchinero. Me cuesta pensar en personas con un solo mundo. Todos tenemos una cosmovisión en el espíritu y yo soy un agradecido de poder realizarme en diversos ámbitos.

¿Cuál es el espíritu detrás de la Fundación Mustakis?

Tiene su origen en el carácter visionario de estos abuelos, tíos y padres que, convencidos del aporte de la herencia espiritual e intelectual de la Grecia clásica, impulsaron múltiples iniciativas de servicio social. En 1996, después de la muerte de mi tío Gabriel Mustakis, la Fundación dio inicio formal a un plan de trabajo que se ha desarrollado en forma ininterrumpida a través de programas propios y alianzas con instituciones que consideramos hacen un aporte a nuestro país.

¿Disfruta los procesos o recién los resultados?

Vivo con bastante ansiedad los procesos y soy muy exigente, pero igual los disfruto. No sigo doctrinas ni religiones con tanto nombre y apellido, pero creo firmemente en el orden de la naturaleza; me siento parte de una humanidad donde todos tenemos que contribuir en algo al mundo y reciclar y reciclarnos.

¿Qué tan griega y feliz fue su infancia?

Fue muy griega. No es que yo me haya leído La Iliada, La Odisea ni mucho menos. De hecho no me gusta leer y procuro leer lo mínimo indispensable… Pero sí tuve una madre que me contó todas las historias. Los veranos de mi infancia los pasábamos completos en Viña con mi abuelo Mustakis, que tenía muchos ritos: desde rezar con nosotros en griego hasta tomar desayuno en su cama los días domingo, los únicos que no trabajaba. A partir de los años 70 he tenido la suerte de poder viajar bastante a Grecia.
Por otra parte, mi padre fue una persona intuitiva y de gran sentido del humor, que muy a tiempo se dedicó a transmitir todo el legado intelectual, espiritual y material a cada uno de sus hijos y nietos. Fue una relación callada, no es que fuéramos grandes amigos: él era mi padre. Nos transfirió a cada uno de los hermanos de manera muy consciente la tradición y el sentido de pertenencia.

Su adolescencia la vivió en plenos 60, ¿fue hippie?

Tuve pinta de hippie, no más. Estudié en el colegio Trewhela’s y luego en el Craighouse. Fui buen alumno porque me interesaba aprender. Luego estudié arquitectura en la Universidad Católica y cuando ya se desordenó mucho el ambiente político me fui a Barcelona a continuar mis estudios. Allá sí me involucré un poco más, participé en algunos movimientos anti franquistas, pero cuando me di cuenta de que eran puros anarquistas no seguí más en el cuento. Volví a Chile a terminar la carrera.

Pudo estudiar de manera libre una carrera no enfocada precisamente en hacerse cargo de la herencia familiar.

Mi padrino y querido tío Constantino Mustakis insistía en que estudiara Ingeniería Comercial, pero mi papá me dio su apoyo para que hiciera lo que quisiera. Siempre tuve una vocación artística. Con mi amigo Teodoro Schmidt hacíamos velas y unas lámparas sicodélicas horribles y las vendíamos en el Drugstore. Igual era bueno para el negocio. En los veranos en Viña arrendaba motocicletas; saqué boletas de honorarios a los 16 años… ¡ojalá eso hoy no me meta en problemas!

Pero le gusta el arte especialmente.

Sí, y me gusta mucho la escultura y el grabado. Estudié arquitectura y he podido ejercerla en algunos momentos pero proyectos chicos. Hice un MBA, tal como soñaba mi tío Cocho, y la verdad es que ha sido una herramienta muy útil.

Y entremedio se casó con Cecilia Rojas, reconocida decoradora.

A la Cecilia la conocí en la universidad, en Lo Contador, ella me echó el ojo. (Por favor pon eso así porque quiero que lo vea por escrito, tengo clarísimo que así fue). Se dio inicio a una relación extraordinaria.

Ella no es griega…

No, pero a mí me encantó su mundo y ella también se fascinó con el mío. Nos casamos en 1979, y hemos tenido un buenísimo matrimonio. La Cecilia siempre me ha apoyado con una sonrisa, y cuando la sonrisa viene de una mujer linda, mucho mejor. Ella como profesional es muy buena en lo que hace y tiene un mundo propio. Ha sido enriquecedor compartir nuestras vidas.

¿Han pasado momentos más difíciles?

A mí no me queda más que ser un agradecido. Sí ha habido momentos complicados. En los 80, con la crisis generalizada que vivió el país, la familia lo perdió casi todo. Tuvimos que volver a empezar. No sentí miedo pero sí me acuerdo de la desesperación de no juntar las lucas para fin de mes. Ahí montamos con mi buen amigo Negro García un negocio de imprenta que mantuvimos hasta 1995, al final nos fue bastante bien, compartimos y aprendimos. Los 80, en general, fueron un período de mucho aprendizaje, y luego en los 90 se vino una racha de buenos proyectos. Estos últimos años los he dedicado a hacer crecer la Fundación y consolidar Molymet como jugador internacional. A partir de este siglo hemos tenido que asumir que todo es global, que la dimensión es otra, y que el trabajo es en equipos de excelencia.

¿Cuándo y cómo descansa de tanta cosa?

Vivo en un cerro y trato de salir a caminar todas las mañanas. Salgo oscuro y vuelvo a las 8 a mi casa. Eso se ha transformado en una especie de misa matinal que me permite descansar la cabeza, conectarme con la naturaleza y con lo más esencial.

¿Contra qué aspecto de sí mismo tiene que pelear más?

Contra los excesos: la comida, las ganas de abarcarlo todo, de ser demasiado incisivo a veces en mi relación con las personas. Soy malo para contestar llamados, mantener contactos diarios… En eso me ayuda mucho mi mujer y la planilla personal que me hago cada año. Es como una carta Gantt. Me ayuda a visualizar a qué, a quién y a quiénes les estoy dedicando mi tiempo, cómo lo estoy haciendo; identificar las cosas que debo cambiar y mejorar. La hago hace mucho tiempo todos los años, ¡las tengo aquí en mi computador! Es una forma de tomar conciencia y evitar mis faltas.

¿Cuáles son sus lujos o frivolidades?

Hay lujos que me puedo dar pero no creo que sean frivolidades, porque finalmente son cosas que dan cuenta de la naturaleza profunda del ser humano. Me gusta viajar, descubrir, navegar: sentarme en la punta del bote y quedarme ahí avanzando sobre el mar. Me gusta andar a caballo y andar en descapotable por la ciudad. Me gusta esto de andar al viento; más libre. Me gusta comer y cocinar, los buenos momentos compartidos con los hijos y con los amigos. Tengo pocos amigos, muchos conocidos y mucha gente que admiro. No soporto salir de compras, a no ser que sean árboles.

¿Cuáles siente que son sus habilidades para hacer todo lo que hace?

Tiene que ver con el ADN griego, con esa energía mediterránea. Creo que el poder visualizar las cosas, asociar ideas y personas. Y el entusiasmo. La verdad es que duermo poco y me despierto con mucha energía. Y si algo deja de motivarme, al lado encuentro otra cosa que me vuelve a entusiasmar.