Retro: Sangre azul

Sangre azul, Retro Revista ED

Las carreras a la inglesa casi cumplen 150 años en nuestro país y septiembre sigue teniendo mucho de esa nobleza británica que trajo consigo la hípica. “Mi reino por un caballo”, declamaba el rey Ricardo III… y así se siente.

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Fue en septiembre de 1864 cuando se corrió la primera carrera a la inglesa en Valparaíso. En esa época el puerto parecía más una colonia británica que chilena. El comercio, los nacientes y futuros clubes, y los deportes de elite comenzaban a instalarse. Por eso no fue extraño que se dejaran a un lado los juegos coloniales y las destrezas prehispánicas, ya no eran tan atractivos. Quedaron atrás las carreras a la chilena, las corridas de toros, el juego de pelota y hasta la chueca.

Las crónicas señalan a los llanos de Placilla, colindante al lago Peñuelas, como el sitio exacto donde se hizo esta carrera. Se hablaba de más de doscientos asistentes y más de ochenta carruajes. Fueron apenas dos pruebas y una carrera a pie. No se hacían continuamente –sólo en primavera– hasta que al poco tiempo se decidió formalizar la hípica en nuestro país, en este lugar, con una sociedad llamada Valparaíso Spring Meeting, la que algunos años más tarde se transformó en Valparaíso Sporting Club (1882) y decidiera también regirse por las mismas reglas del Jockey Club de Inglaterra.

En 1885 se llamaba en la prensa a celebrar el primer “Derby Chileno” y en los paseos y salones se comentaba con entusiasmo: “¡Será a la manera del Derby de Epsom!”. Las entradas se compraban en la líbrería Wescott, en el Café del Pacífico y en la garita del Ferrocarril Urbano. Se programaban trenes especiales durante todo el día desde Valparaíso a la misma cancha. Doce mil personas estuvieron presentes, y eso que en aquella época Viña del Mar sólo contaba con 3.500 habitantes.

“Jamás hemos visto una variedad más grande en trajes, sombreros y zapatos de las señoras. Aun en los de los hombres predominaban telas claras y los vistosos sombreros”; decía un cronista de la época. También había ramadas. Eran cinco hileras sobrepuestas en la ladera del cerro, instaladas a modo de tribunas. “Eran como palcos llenos de beldades porteñas y santiaguinas. La gran masa de paseantes sin ramadas se extendía alrededor de la cancha, donde también se había situado un centenar de coches de alquiler llenos de familias. Por último, las carpas, fondas y chinganas, formando un campamento, ocupaban el centro del recinto, la cancha de la pista (…). Vimos al ministro Balmaceda, a don José Francisco Vergara, al general Sotomayor y a muchísimas personas de distinción”.

Así se percibía y de alguna manera sigue inalterado desde sus comienzos. No importa que hayan pasado más de cien años. Es la única carrera que no ha sufrido modificaciones en su reglamento, y como tradición de fiesta popular también sigue intacta. Cada año se instalan carpas en la misma cancha, no el mismo día, sino el anterior. La idea es gozar el espectáculo y verlo en primera línea, y, por qué no, hacer un asado y celebrar con una copa de vino. Ni la Guerra Civil de 1891 –cuando las tropas gubernistas ocuparon la cancha como campamento– ni el implacable terremoto de 1906 impidieron que siguiera la carrera.

Del puerto a la capital

Santiago no se quedaba atrás. Dos años después de que se corrieran las primeras carreras a la inglesa en Valparaíso llegaban a la explanada Campo de Marte, en La Pampilla; en ese sector se fundó después el Parque Cousiño, lo que hoy se conoce como Parque O’Higgins. La hípica formó parte de las celebraciones de las fiestas patrias y más adelante se formalizó la Sociedad Hípica, antecesora del Club Hípico de Santiago fundado en 1869.

Llegó pronto el Centenario de la Independencia como una gran fiesta. Dicen que en el Club Hípico no cabía ni un alma más. La gente se ponía de pie y las bandas tocaban los himnos nacionales de Chile y Argentina. “Al frente –escribe Joaquín Andrés Bello–, un panorama del Olimpo, pasan los presidentes, el de la Casa Rosada y el de La Moneda, ambos de frac con sus bandas nacionales en el pecho y sus chisteras en las manos (…). Los mandatarios desfilan en carruajes a la Gran D’Aumont, precedidos por clarines y guardados por las flámulas tricolores de los lanceros”.

Era hora del clásico “Centenario”. El espécimen trasandino era un campeón. Era el ganador fijo, decían. ¡Partieron! Aparecía una nube de polvo. Los ojos de los espectadores seguían atentos las vueltas. El ineludible revuelo de chisteras. Los murmullos se transformaban en un vocerío. Han corrido algunos metros y un caballo rueda. ¡El argentino! El resto de los ejemplares llegaban a la meta. Triunfaba “Altanero” y el mandatario chileno le ganaba al argentino.

Se cuenta que corría el champán Veuve Clicquot, la etiqueta favorita de la alta burguesía y la nobleza del viejo continente desde su fundación en 1772. Fueron cinco días de banquetes y recepciones. Caviar, foie gras, de “asperges”, de “dindon roti” y de champán.
También Roosevelt apareció en las celebraciones. Un baile fue dado en su honor. “Después de las 10 comenzaron a llegar los invitados. Una hora después, los salones se hacían estrechos para contener a la numerosa y escogida concurrencia. Un buffet fue instalado en el gran patio central entre un bosquecillo de palmeras y bambúes y su servicio, a cargo de la casa Gage, nada dejó que desear. Una orquesta dejó oír hasta horas avanzadas de la noche las mejores piezas de su directorio”, se escribía.
El Príncipe de Gales, Eduardo de Windsor, también asistió a las carreras en el Club Hípico, en 1925. Se decía que más de alguna dama presionaba por conseguir alguna invitación a alguna de las recepciones con Su Alteza Real. «Eduardo –relataban– era joven, soltero, bailarín eximio, bebedor asombroso, mujeriego, de conducta impredecible y extravagante para los gustos locales». También junto a su presencia nunca faltó un valet que lo escoltaba con una bandeja de plata con un vaso, hielo y una botella de un exclusivo whisky. Le ponía de muy mal humor no tener a mano su licor favorito. Se decía que al tratar de abrir él mismo una caja de madera que contenía las botellas, le saltó una astilla a un ojo.

Casi seis años después, en 1931, Eduardo volvería al país junto a su hermano menor, el tímido y tartamudo Jorge de Kent. Sin embargo, el heredero seguía siendo el centro de atención. “Así, mientras los ojos de las chicas iban al rostro, el pelo rubio, la ancha frente, los de esos varones recorrían el traje gris listado de blanco, la camisa oscura, la corbata de rosa, los zapatos de cuero crudo y el sombrero de paja sencillísimo del joven príncipe».

No fueron los únicos de la realeza británica en venir al país. En 1968, la reina Isabel II y su marido, el príncipe Felipe de Edimburgo, partió en un coche landó de cuatro caballos desde el Hotel Carrera, pasaron por la Alameda, la calle Ejército, hasta llegar el Club Hípico. Las calles estaban absolutamente llenas de gente con banderas. El tránsito de automóviles se paralizó durantes varias horas, mientras una lluvia de papel picado caía sobre la comitiva real.

El espíritu

Cuando los cascos se sienten acercándose a la recta final, todos se ponen de pie, las manos se levantan y las muñecas comienzan a girar, es hora de chasquear los dedos, la manera más característica que tienen los asistentes de animar su ejemplar. Apenas son unos segundos. Esa es la imagen intacta que se genera en cualquier hipódromo y que no ha cambiado en este siglo y medio de presencia en estas tierras. Quizás la modernidad de los tiempos le haya quitado esa formalidad, presencia y elegancia tan característica, pero ni el hipódromo de Ascot, tan íntimamente ligado a la casa real británica, ha logrado mantener la tradición. Consecutivamente tiene que endurecer el código de vestimenta. Acá se ha relajado mucho más. Sin embargo, todavía se siente ese espíritu, ese gran corazón, y por supuesto, la sangre azul al pisar un hipódromo.

  • El antiguo edificio del Club Hípico en Santiago, que fue arrasado por un incendio en 1892.

  • Señoras de la alta sociedad en el Club Hípico de Santiago.

  • El antiguo hipódromo de Santiago lleno de “turfmen”, el cual fue reemplazado por el diseño de Josue Smith Solar décadas más tarde.

  • Instantánea del derby de 1955 tomada a 100 metros de la meta.

  • Al centro de la foto, la siempre elegante Mitty Markmann de González Videla, entonces primera dama.

  • Una vista del Club Hípico en 1979.

  • Visita del Príncipe Humberto de Saboya al Club Hípico en 1924 junto al Presidente Jorge Alessandri y Guillermo Edwards Matte.

  • La reina Isabel II en su visita al Club Hípico en 1968.

  • Vilahuida, el caballo ganador de la carrera de 1954 junto a sus dueños y preparador.

  • El derby de 1937 en el Valparaíso Sporting Club.