Retro: Rugen los motores

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Las Vizcachas fue durante muchos años el epicentro del deporte tuerca nacional y panorama obligado de los domingos en la tarde. Por la pista del autódromo más famoso que ha tenido nuestro país, corrieron destacados pilotos nacionales y extranjeros. La televisión transmitía en vivo las emocionantes competencias y sus cerros aledaños acogían a miles y miles de fanáticos todos los fines de semana. Lamentablemente, su pista también fue escenario de feroces accidentes, los que marcaron al país entero.

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Uno junto al otro, más de 30 autos con sus motores rugiendo al máximo, los pilotos listos para demostrar su pericia al volante y los más de 15 mil espectadores alertas a la luz verde del semáforo. El calor reinante amenaza con derretir a los fanáticos que se instalan en lo alto de los cerros que rodean la pista, pero ni ellos ni los competidores están preocupados por la temperatura. Sólo hay cabeza y corazón para el acelerador, el contrincante y, sobre todo, la velocidad.

Más o menos este era el escenario previo a las cientos y miles de carreras que se llevaron a cabo domingo tras domingo en la pista de Las Vizcachas, en Puente Alto, el lugar por excelencia del mundo tuerca chileno cuya época de oro se desarrolló entre 1967 y finales de los 80. Aquí hombres como Boris Garafulic, Luis Gimeno, Eduardo Kovacs, Manuel Comandari, Alfredo Rebolar, Santiago Bengolea, Sergio Santander, Alejadro Schmauk, Giuseppe Bacigalupo, y Carlos Capurro, entre otros, pasaron a la historia del automovilismo deportivo nacional.

Son muchas las historias que se tejieron entre carrera y carrera y junto a estos próceres del volante hubo inolvidables hazañas deportivas, míticas rivalidades, grandes triunfos y dramáticas tragedias que enlutaron al país entero. Pero también hubo anécdotas que surgieron más allá de la pista, como los legendarios choripanes que vendía Humberto Celesta, las despampanantes promotoras que, alfiler en mano, espantaban a sus contrincantes para salir en la foto junto al vencedor y la corona de laurel que año a año era entregada al campeón por la mismísima Miss Chile del momento.

 

A toda velocidad

El desafío para los arquitectos Alberto Sartori y Mario Recordón era interesante. Don Luis Gana Matte, un gran aficionado a los autos y las carreras, les pidió como encargo construir una pista de alrededor de 1.600 metros (luego se amplió a más de 4.000) en los terrenos que tenía en un privilegiado sector de Puente Alto, para que las competencias automovilísticas en Chile tuvieran finalmente un lugar adecuado donde desarrollarse. En ese entonces, invariablemente los ojos se volvían al autódromo de Buenos Aires, conocido como la Catedral del Automovilismo Argentino y donde sus pilotos sacaban chispas a sus coches espléndidamente equipados. Aquí la cosa fue más sencilla, pero no por ello menos importante. Como cuenta el periodista Nicolás Vergara, gran aficionado a este deporte, Las Vizcachas, además de un gran negocio, era una muy buena pista y estaba bien considerada a nivel latinoamericano. Eso sí, aclara Santiago Bengolea, destacado piloto nacional, ésta no contaba con instalaciones como sector de prensa, buenos camarines y otros, lo que la dejaban fuera de la categoría de autódromo propiamente tal. “Fue una apuesta significativa, porque antes los pilotos debían correr por las calles de Santiago, con todo el riesgo y los problemas que eso conllevaba. Mítico era el circuito Los Domínicos, que se corría por calles como Camino El Alba y Piedra Roja”, recuerda Nicolás.

La inauguración oficial de Las Vizcachas fue en 1967 y Boris Garafulic (1927- 2008) fue el gran ganador, triunfo que resultó promisorio porque se mantuvo invicto durante los tres años siguientes, a pesar de que la competencia era muy dura. Entre sus contrincantes figuraban campeones argentinos de Turismo Carretera como Carlos Pairetti, Carmelo Galbato y Jorge Cupeiro. Pero “El Maestro”, como le decían, a bordo de su Ford Falcon se convirtió en leyenda.

Y así, junto con las leyendas, el automovilismo crecía, empezaba a ganar adeptos y Las Vizcachas comenzaba a florecer. Las revistas especializadas llenaban los kioscos, los espectadores repletaban los cerros que rodeaban la pista y que servían como galería natural. Rodrigo Velasco, abogado, gran aficionado al tema, piloto y considerado como una verdadera “enciclopedia viviente” del automovilismo chileno, recuerda que ir a Las Vizcachas era “el” panorama dominguero de la época. “Partíamos grupos de amigos y amigas por el día a Puente Alto y allá hacíamos un picnic o un asado en los cerros y vibrábamos con las carreras. Se llenaba de gente, era súper taquillero y sin duda el mejor programa al que se podía invitar a una chiquilla”.

Así también, clubes como la Universidad Católica, la Chile, Unión Española y Las Vizcachas reclutaban a los jóvenes y talentosos pilotos, los que se fueron sumando a las diferentes categorías que hacían palpitar al público. Entre ellas, el Turismo Carretera donde corrían las llamadas “liebres”, vehículos muy potentes con facha de autos de carrera y que en su mayoría eran fabricados en Argentina. Aquí el insigne era Garafulic. Otra categoría era el Turismo Nacional, que consistía en autos carrozados preparados y cuyos pilotos estrellas eran los hermanos Lionel y Eduardo Kovacs, Carlos Polanco y Santiago Bengolea. Además se sumaban otras categorías de turismo, donde autos como Mini Cooper, Fiat 600, Volvo y Peugeot volaban por la pista.

En 1972 se disputó la primera carrera de Fórmula netamente chilena. Estas consistían en autos monoplaza, tipo Fórmula 1, hechos por los mismos pilotos con motores de cualquier marca pero que no excediera los 850 cc. Así nacieron las Fórmula 2, 3 y 4, con motores más potentes. Estas competencias no sólo fascinaron a los espectadores sino que también a importantes marcas que se sumaron como sponsors en esta aventura, y Chiletabacos fue la primera. Así nacieron escuderías tan famosas como la Marlboro, Viceroy y Denim, las que además de financiar la carrera de los conductores, aprovechaban el éxito de público (se llegaron a contabilizar 30 mil personas) y la alta sintonía en televisión: tapizaban los coches con sus logos, desplegaban promotoras por las pistas y los pits y vestían a los pilotos de pies a cabeza.
Tanto era el fervor por estas pruebas que, como recuerda Rodrigo Velasco, en esa época la federación de fútbol nacional y la de automovilismo debían coordinar sus partidos y las carreras de manera que una no le quitara público a la otra. “Las competencias se transmitían en vivo por televisión y con mucho éxito”. Fue así, en vivo y en directo, que Chile entero presenció uno de los accidentes más dramáticos de la historia del automovilismo nacional.

Sus mártires

Las Vizcachas fue testigo de grandes alegrías, pero también de dramáticos acontecimientos. Como el mismo Bengolea aseguró más de una vez en la entrevista: “Las carreras de autos son por esencia caras y riesgosas y todos los que competimos alguna vez, lo teníamos claro y debíamos asumirlo”.

Ocho años después de la inauguración del autódromo, en julio de 1975, se produjo un lamentable y fatídico accidente –según muchos, el peor de sus 41 años de historia– cuando los Mini Cooper de Eduardo Kovacs y Roberto Gómez se engancharon y, junto con colisionar, se precipitaron sobre el público a la altura de los pits, atropellando a muchos, entre ellos conocidos, amigos e incluso familiares de los propios pilotos. Esa tarde murieron siete personas y nueve quedaron heridas. Además se enterró para siempre la carrera como piloto de Kovacs, quien fue apuntado como responsable de la tragedia, sin considerar que fue una situación de carrera. Ese día se suspendieron todas las transmisiones de fútbol en señal de duelo y se suprimieron todas las actividades en Las Vizcachas por un año. El debut, doce meses después, se realizó con una nueva muralla de contención, la misma que años después mató a Sergio Santander.

Ese accidente fue visto en vivo y en directo por todo Chile y sin duda fue la tarde más mediática de Las Vizcachas. Ese domingo 26 de septiembre de 1987 se disputaba la octava fecha del año y Televisión Nacional transmitía en directo. Santander era entonces puntero absoluto del campeonato de Fórmula 3 cuando, en la recta principal, justo antes de la vuelta 32 y en un frenético duelo por el tercer lugar, el coche de Sergio se enganchó con el de Gonzalo Alcalde y ambos se fueron contra el muro de contención a más de 190 kilómetros por hora, llevándose la vida del piloto. Pedro Carcuro, que aquel día estaba emplazado al borde de la pista, dijo después: “Yo estuve en la muerte de Villeneuve en 1982 (piloto canadiense de F1) y puedo decir que esto fue peor”. Más dramático. Pese a que no murió de inmediato, la gente se dio cuenta de que no sobreviría. Guiseppe Bacigalupo, piloto de la época, también comentó a la prensa: “Fue tremendo e impactante. Una tarde que nos marcó a todos. Fue el momento más duro que viví corriendo, sabíamos que existían riesgos, pero nadie creía que pasaría algo así… hasta que pasó”.

Según muchos, este accidente fue el principio del fin de Las Vizcachas y la muerte de Santander derrumbó el deporte motor chileno. Tras la tragedia, al año siguiente vendría el retiro de auspiciadores y equipos, lo que determinó el declive de una categoría que, pese a esfuerzos posteriores, no logró recuperar el sitio de privilegio que tuvo en el deporte criollo. Poco a poco la pista fue perdiendo metrajes que iban ganando las inmobiliarias hasta que el 2006 el autódromo fue finalmente cerrado. Y pese a que hace un par de años atrás volvieron a disputarse algunas carreras y que muchos tuercas sueñan con su época de oro, nunca más en Puente Alto volvió a rugir un motor con la pasión, la gloria y el público vibrante de aquellos años.