Un siglo sobre ruedas

Un siglo sobre ruedas - Reportajes Revista ED

Basta una tarde con Pedro Pablo Santesteban para hacerse una idea clara de cómo evolucionaron los autos, desde las burritas de principios de siglo hasta los deportivos de hoy en día. Este empresario no sólo heredó el gustó por las tuercas de su padre, sino que también una colección de 60 modelos antiguos. Hoy, junto a su hermano, sigue manteniendo y haciendo crecer este legado.

«¿Adónde van? ¿Al museo?” dice un vecino cuando le preguntamos por la dirección de la casa de Pedro Pablo Santesteban. Al llegar se entiende por qué: en un galpón de 1.200 metros cuadrados hay una colección de 50 autos: desde burritas de 1930 hasta los diseños más deportivos de la década de los 60. Es un muy bien mantenido resumen de la historia del diseño automovilístico con iconos de cada época, como el Plymouth Coupé de 1939 con su estilo art deco –uno de sus favoritos–, o su última adquisición, un Fiat 125 de 1972 “de los fabricados en Italia”.

Pedro Pablo Santesteban tiene un historial ligado a los autos: creció con 15 modelos diferentes en su casa. Su papá comenzó a coleccionarlos cuando él era chico. Cuando cumplió 18 años, recibió como regaló un Mercury Comet Caliente. “Imagínate cómo me molestaban por el nombre en la universidad”, cuenta este ingeniero comercial de la Universidad Católica. Se casó en una limosina Buick Eight de 1940, esa misma en la que anda Marlon Brando en la película El Padrino, y hoy sigue arreglando autos. El tema le encanta: sabe de motores, épocas, diseños, y de las anécdotas detrás de cada modelo.

Su papá, Pedro Santesteban Zugarramurdi, partió esta colección en 1967 cuando, con los escapes de una avioneta, la carrocería de una camioneta Ford de 1926 y un chasis, armó un hot rod (así se llaman los autos que construían los jóvenes de los 50 con piezas de diferentes modelos para correr, como el que fabrica John Travolta en Grease). “Era rapidísimo para la época: hacía 13’2 segundos en 400 metros. Está muy bien logrado”, cuenta orgulloso Pedro Pablo. Estuvo en el garage más de 15 años y hace cuatro lo restauraron. Hoy luce casi como nuevo, se nota que es el auto al que le tiene más cariño.

Pedro Pablo y su hermano heredaron de su papá esta colección de 60 autos y juntos han mantenido y agrandado el legado. La mayoría los tienen en un galpón en Colina, bien mantenidos, limpios y, casi todos, andando. Cada uno de los modelos tiene algún cuento: cómo se compraron, algún paseo que hicieron en ellos o una anécdota en su historia.

El más antiguo es un camión suizo Saurer de 1919. Se enciende con una manivela en la parte delantera, ya que no tiene motor de partida. “Hay que tener el brazo bien entrenado”, comenta el coleccionista. Aunque la fábrica cerró, hace unos años mandaron los antecedentes y número de serie de este ejemplar a Suiza y recibieron de vuelta el certificado y catálogo original. “Estaban muy sorprendidos de que hubiera uno en Chile”, cuenta.

A su lado hay una Bomba Reo modelo Speedwagon. “De ahí viene el nombre del grupo de música de los 80”, dice. Es de 1933 y pertenecía a la primera compañía de bomberos. “Cuando la compró mi papá tenía todas sus partes originales, incluidas las mangueras y escaleras”, recuerda.

Recorriendo el galpón llama la atención una limosina Cadillac del 57. Pertenecía a la embajada de Estados Unidos. “Es completamente original todo es eléctrico, tiene aire acondicionado, era el lujo máximo para la época”, cuenta y agrega, “Hacíamos paseos al Cajón del Maipo con mi papá. Cabíamos como 15 dentro”.

Su década preferida en cuanto a diseño de autos es la de los 60. Un Pontiac GTO 428 y otro Firebird, un Dodge Charger, y uno de sus favoritos, el Chevrolet Camaro Z28 de 1969, son algunos de los ejemplares de esos años. “En el Camaro he corrido en Las Vizcachas y en San Antonio”, cuenta. Es que además de la colección, heredó el gusto por la velocidad de su padre. “Mi papá corrió en la carrera de Sopesur que era de Arica a Puerto Montt, iba primero en un Ford Mustang hasta que se dio vuelta. Lo vendió después… Me encantaría volver a tener un Mustang del 67”, cuenta.

Normalmente hay dos o tres autos en su casa y los usa el fin de semana, hace paseos, los maneja un tiempo, y luego los cambia por algún otro de la colección. “Es muy buena la recepción de la gente: te tocan la bocina, te saludan, hacen preguntas… La gente lo agradece”, dice. Es que para él hay una gran diferencia entre los ejemplares antiguos y los de hoy. “Los autos de antes tienen la gracia de que eran muy diferentes entre sí. Cada modelo tenía su personalidad y características que los hacía únicos”, concluye.