Arquitectura

Entre secuoyas centenarias, esta casa en Mallereuco se compone de diversos pabellones independientes

En el valle de Mallarauco, OF Arquitectos proyectó esta casa de 550 m² compuesta por pabellones independientes conectados por una pasarela exterior. El proyecto se emplaza entre secuoyas plantadas en el siglo XIX, evitando intervenirlas y poniendo en valor el bosque existente.

Hay lugares que ya vienen cargados de una historia. En este caso, esa historia no es menor: comienza en un bosque de secuoyas plantado hace más de cien años con la idea de que, algún día, ahí se construiría una casa. Esa expectativa es la que recibe OF Arquitectos, oficina liderada por Francisco Cepeda y Álvaro Ramírez, con un encargo que planteaba una casa de fin de semana capaz de recibir a una familia extensa —hijos, nietos y amigos—, con espacios de encuentro y, al mismo tiempo, zonas que aseguraran descanso.

La casa se ubica en el valle de Mallarauco, en un terreno triangular levemente elevado sobre un campo productivo de frutales y bordeado por un canal de regadío. Entre las secuoyas aparece un claro que permite el ingreso de luz natural y abre vistas hacia el paisaje agrícola. Y son esos árboles los que sumaron una condición intransable: ninguna secuoya podía ser intervenida.

Esa restricción es la que organiza todo el proyecto. En lugar de concentrar el programa en un solo volumen, la casa se descompone en pabellones independientes, cada uno cuidadosamente ubicado entre los árboles. Esta decisión permite ajustar la arquitectura al bosque existente, evitando modificarlo.

El proyecto se puede leer en dos escalas. «A nivel del conjunto, una serie de pabellones distribuidos en el bosque, comunicados por una pasarela exterior que organiza las circulaciones por la zona central. Los volúmenes abrazan ese centro y se orientan según las vistas y el programa que cada uno contiene», explican desde OF Arquitectos.

Los pabellones se conectan mediante una pasarela exterior que atraviesa la zona central del terreno. No es solo un elemento de circulación: obliga a salir, a recorrer el lugar, a exponerse a la luz, al viento y al sonido del bosque antes de entrar nuevamente a un espacio interior. En ese recorrido se construye buena parte de la experiencia de la casa.

El conjunto se organiza en distintas piezas. El pabellón principal reúne cocina, sala, servicios y dormitorio principal, ubicándose frente a un claro que lo vincula con las áreas abiertas hacia el norte, donde se disponen la piscina, el sauna y las terrazas.

El pabellón de invitados se emplaza entre el canal y el bosque. Contiene dormitorios en suite, habitaciones para niños y un altillo en segundo nivel, pensado como un espacio de juego independiente.

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El tercer pabellón corresponde al quincho, completamente inmerso entre las secuoyas. Se concibe como un espacio abierto, sin cerramientos verticales, que aprovecha la ventilación natural durante el verano. Un sistema de contraventanas y puertas correderas permite protegerlo en las noches más frías.

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A nivel formal, los pabellones comparten una misma lógica: volúmenes simples, regulares, con cubiertas a dos aguas. No buscan destacar, sino mantenerse en un segundo plano frente al bosque.

La materialidad refuerza esta decisión. «La arquitectura está pensada como telón de fondo, y el contexto cumple un rol similar dependiendo desde dónde se lo mire. El color negro en un entorno como este establece una postura neutra, abstracta y sobria. Hay una suerte de mutualismo entre interior y exterior: cada uno le cede protagonismo al otro«, cuentan desde OF Arquitectos.

La cubierta de zinc microondulado, sin canaletas visibles, permite que la lluvia y la humedad se perciban directamente, incorporando el clima como parte de la experiencia. «Esta decisión no es solo constructiva: permite que la lluvia, la garúa o la niebla se hagan presentes de manera sensorial —el sonido suave del agua sobre el metal, la luz que cambia con el cielo cerrado, el olor a tierra mojada que se cuela desde el bosque», agregan.

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La estructura se resuelve mediante un sistema prefabricado de madera, lo que reduce el impacto en el terreno y acorta los tiempos de construcción. La precisión en la implantación fue clave: cada pabellón se ajustó en terreno para evitar interferir con los árboles existentes, apoyándose en modelos digitales que permitieron coordinar con exactitud su ubicación.

En este proyecto, la arquitectura se repliega, dejando que el bosque —su historia, su escala y su presencia— defina el carácter del lugar. Con el tiempo, esa decisión se hace evidente: no es la casa la que toma protagonismo, sino el entorno que la rodea.

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