No empezó como proyecto, ni como oficio. Para Paola Canales, el bordado apareció en un momento en que hacía falta algo más básico: una pausa. Venía arrastrando una carga emocional fuerte, marcada por el estrés laboral, cuando en medio de ese proceso surgió una pregunta simple: qué la hacía feliz. Al no saber la respuesta a esa pregunta, decidió buscar esa felicidad.


En 2019 llegó al taller de Martín Bordador, sin mucha expectativa, pero con la intuición de que podía haber algo ahí. Las primeras puntadas no fueron fáciles. Había tensión, dispersión, una dificultad real para concentrarse. Pero algo empezó a cambiar en ese espacio de tres horas semanales: salir un poco más tranquila, un poco más liviana. Y así, el bordado dejó de ser solo una actividad y empezó a instalarse como práctica. Primero ejercicios básicos, muestrarios de puntos. Después, piezas más libres: zapatillas, chaquetas, prendedores, carteras. El soporte dejó de importar tanto como el gesto de intervenir, de trabajar con las manos, de transformar algo.


Con el tiempo, el aprendizaje se amplió. Viajes para conocer técnicas, recorridos por museos, observación constante del entorno. Una forma de mirar que se fue afinando, entendiendo que el bordado no es solo repetición, sino también lectura.
Hoy, cuenta con un stock limitado de piezas, pero también hace algunas a pedido, y se le pueden encargar en su Instagram @detrasdelaguja.


