Fue alrededor del año 1995 cuando fui por primera vez a la ciudad de Castro, en la isla de Chiloé. Conocí todo lo que un visitante necesita y me maravillé con sus palafitos, su costanera, sus astilleros y su vida de ciudad combinada con la del mar y el campo. Esa vez tuve la suerte de conocer el Museo de Arte Moderno de Chiloé, y quedé muy sorprendido: en un lugar tan lejano, tan distante de los centros urbanos y de la capital del país, aparecía un espacio de magia, creación y cultura que no parecía de este planeta, ubicado además en el punto en que la ciudad se encuentra con sus límites, el Parque Municipal de Castro. Mi mirada de provinciano no podía entender cómo era posible que esto estuviera pasando en un lugar tan extremo.
Con los años volví a visitar Castro un par de veces sin regresar al museo, hasta que se lo mencioné a mi compañero de viaje cuando queríamos ir a visitar amigos a la isla. Llegamos hasta el museo y, justo en ese momento, estaba cerrado por la preparación de una próxima exposición. Las ganas, las ansiedades y las expectativas crecieron. Esto hizo que me pusiera en marcha: busqué información, los seguí en las redes y empecé a recibir comunicados y boletines del museo. Hasta que llegó el momento: en 2022 recibí la invitación a la inauguración de la muestra de ese año, así que, por supuesto, organizamos un viaje a Castro para poder visitarlo.
Desde que nos subimos al avión nos dimos cuenta de que había gente que iba a lo mismo que nosotros; encontramos diseñadores y artistas que conocíamos. El evento fue muy concurrido: muchas personas de la zona —pintores, escultores, grabadores, ceramistas, tejedores—, en una actividad llena de magia, entusiasmo y cariño.
Desde esa primera vez hasta mi última visita a Chiloé, más de veinte años después, otros territorios del país también han ido generando sus espacios culturales con distintas iniciativas, tanto públicas como privadas, llegando a lugares que antes eran impensados. Museos, centros culturales, teatros o galerías de arte han ido recuperando casas patrimoniales, galpones, fábricas o edificios en desuso, o construyendo nuevos, reactivando y dando vida a espacios que muchas veces estaban olvidados.
Esto ya lo hemos visto en lugares icónicos, con mucha historia, como el Bodegón de Los Vilos, el Teatro del Lago, el Teatro Biobío o los distintos museos regionales. Últimamente podemos encontrar nuevas iniciativas que se han ido develando en los pasados dos años, como el Museo del Inmigrante en Valparaíso, situado en el hermoso edificio de lo que fue el Colegio Alemán. Hoy se convierte en un espacio de conexión de la ciudadanía con su historia y su desarrollo a través del punto de vista de los propios inmigrantes que fueron poblando la ciudad y aportando sus miradas, especialidades y características culturales que, en su combinación, crearon una forma única de ubicarse frente al mundo. A través de esta muestra, el espacio se convierte además en un polo de activación de la economía territorial, atracción de turismo, actividad cultural y recreación.
Otro ejemplo importante es la apertura, el verano pasado, del Museo Regional de Atacama, con un gran y hermoso edificio diseñado especialmente para albergarlo, resultado del trabajo de diseñadores, arquitectos, constructores y un sinnúmero de especialistas y profesionales que generaron un proyecto colaborativo para obtener una solución realmente significativa. Esto no solo activa la economía de la región, sino que también genera auténtico orgullo en todos sus habitantes al mostrar la historia de Atacama desde sus orígenes paleontológicos, su flora y fauna, hasta las actividades productivas que se pueden desarrollar en el Chile de hoy, desde un punto de vista territorial único.
Muy especial es también el caso de Galpones de Octay, también inaugurado el verano pasado, en conexión directa con las mejoras realizadas por el municipio de Puerto Octay. Este lugar rescata los oficios que forjaron la identidad de las riberas del lago Llanquihue. Juguetes, botes de madera e imprentas son los elegidos para contar esta historia, haciéndose responsables de preservar la memoria colectiva construida por las generaciones pasadas y complementándola con talleres abiertos a la comunidad, con lo que un espacio cultural se convierte en un gran polo de desarrollo turístico, de vinculación y de conocimiento.
Más allá de los beneficios económicos y turísticos que pueden atraer este tipo de proyectos, creo importante destacar el sentido de orgullo que generan en las comunidades que los rodean. Al profundizar en temas relevantes que forman parte de la vivencia y de la historia de cada territorio, y al crear instancias de relacionamiento y participación, las personas encuentran un sentido de pertenencia al verse representados, al reconocer actividades de sus antepasados; un edificio, un paisaje, un insecto que perseguían cuando niños, eso los lleva a apreciarlos y sentirlos propios en su vida cotidiana, a ponerlos en valor y finalmente a quererlos y cuidarlos.






