Pupuya no es un lugar para dejarse llevar por la inercia. Está en la costa de Navidad, en la Región de O’Higgins, directamente expuesto al Pacífico, y el viento ahí no es metáfora de nada: es una condición permanente, un dato del terreno que lo determina todo.
Fue exactamente ese carácter el que González Moix Arquitectos tomó como punto de partida —y no como problema a resolver. El encargo era suyo: SAMAY es también la inmobiliaria detrás del proyecto, lo que significó una libertad poco usual. No había mandante con programa prefijado. Solo una pregunta de fondo: cómo debería habitarse este lugar.
La respuesta no llegó desde un escritorio. Llegó desde la primera visita al sitio, donde quedó inmediatamente claro que el viento y la arena iban a dictar las reglas. De ahí salieron dos decisiones casi simultáneas: las casas irían en un solo nivel —para que ningún volumen bloqueara las vistas propias ni las de los vecinos— y serían de hormigón. Completas, del suelo al techo, sin mezclar sistemas ni materiales, como respuesta honesta a un lugar que castiga la liviandad y la provisionalidad.


El hormigón es la respuesta más directa a una costa que corroe, que moja, que llena de sal y arena cualquier superficie que no resista. Un material que prácticamente no requiere mantención y que, al mismo tiempo, materializa la idea que organizó todo el proyecto: el refugio. Adentro, ese carácter se templa. Las ventanas son Schüco con rotura de puente térmico —eficiencia, pero también control del ruido del viento— y las maderas interiores son lenga y raulí, especies del sur de Chile que aportan calidez sin traicionar la lógica del conjunto.
El proyecto son cuatro casas, cada una independiente, cada una con su propia relación con el paisaje. Se organizaron según una lógica simple y directa: los espacios habitables miran al mar, las áreas de servicio quedan en la parte trasera y operan simultáneamente como barrera contra el viento. Una decisión que resuelve el programa y la climatología en una sola operación.
El techo inclinado hace lo suyo desde arriba: su pendiente sube en dirección al horizonte, conduciendo la mirada —y la sensación de espacio— hacia el Pacífico. Los vidrios son jumbo, sin perfiles intermedios, para que el ventanal tienda a desaparecer y quede solo el mar. Desde el living, la continuidad con el exterior es casi total.
Pero construir sobre una duna no es lo mismo que construir sobre terreno firme. La duna se mueve, empujada por el viento, y ese movimiento complicó la obra desde el inicio. La clave estuvo en dejar de intentar controlarla. Una vez que el equipo entendió que la duna no era un obstáculo a dominar sino un terreno vivo con el que había que negociar —estabilizándola con vegetación nativa—, la construcción encontró su ritmo.
Esa misma filosofía se extendió a todo lo demás: los autos se dejan completamente fuera del área habitada, para que la llegada sea otra cosa; la duna se toca lo mínimo posible; la vegetación existente se conserva.
El frente que da al mar —el más expuesto, el que nadie esperaba que fuera muy usado— resultó ser el espacio más disfrutado de la casa. Al estar las viviendas retiradas del borde de la duna, el viento se arremolina antes de llegar y pierde fuerza. Lo que parecía una limitación se convirtió en el mejor punto para estar. Es esa, quizás, la mejor confirmación de lo que el proyecto se propuso desde el principio: leer el lugar de verdad, trabajar con él, y dejar que sea él quien enseñe.












