Casi como una contradicción, proximidad e independencia fueron el punto de partido a este proyecto. Dos hermanos con terrenos vecinos en San Fernando querían construir sus casas al mismo tiempo, vivir cerca y, sin embargo, no quedar expuestos el uno al otro. Lira Vigneaux Studio resolvió ese nudo con una decisión que parece sencilla pero que ordenó todo lo demás: tratar las dos casas como un solo proyecto.
El resultado son dos casas que comparten una plaza, configurada como el espacio central que separa y une los dos volúmenes, que funciona como un tercer hogar de uso común. Es donde los niños de ambas familias juegan, donde se cruzan en el día a día, donde ocurre lo cotidiano sin necesidad de coordinar una visita. Pero apenas se cruza ese umbral y se entra a cada casa, la lógica cambia: los espacios se vuelven más domésticos, más privados, más propios.
Que los espacios más íntimos de una casa no quedaran frente a los de la otra era una condición no negociable. Pero tampoco podía sacrificarse algo igual de importante: que ambas viviendas aprovecharan la orientación norte y las vistas hacia el paisaje agrícola y la cordillera de los Andes en la distancia.
Resolver eso en simultáneo exigió una geometría precisa. Cada casa se compone de dos cuerpos. El primero corre longitudinal y define el borde de la plaza compartida. El segundo gira hacia el norte —no mucho, lo justo— y con esa rotación abre los espacios principales al paisaje sin quedar expuesto al interior de la otra vivienda. Los propios volúmenes hacen de filtro visual.
Lo que más define la imagen de estas casas no es su planta ni su materialidad, sino sus aleros. Grandes, pronunciados, inclinados: se proyectan aproximadamente tres metros más allá del perímetro cerrado de la vivienda y recorren las fachadas como una franja continua que no es del todo exterior ni del todo interior.
La profundidad y el ángulo de esas cubiertas no son arbitrarios. Fueron calculados considerando la posición del sol en cada estación: durante el verano, cuando el sol está alto, producen una sombra profunda que protege las fachadas del calor. En invierno, cuando el sol baja en el horizonte, permiten que la radiación penetre bajo la cubierta y caliente los interiores. El mismo elemento resuelve dos comportamientos opuestos dependiendo del mes del año.
Lo que produce este espacio cubierto pero abierto tiene un antecedente directo en la arquitectura rural chilena: el corredor. Esa franja sombreada donde se camina, se está, se come, se duerme la siesta. En San Fernando esa figura se repite pero en clave contemporánea, sin nostalgia, y con una función climática tan precisa que le da forma a la casa entera.


Los materiales del proyecto son los que ya estaban ahí, en la tradición constructiva de la zona central de Chile. Muros de ladrillo para la parte baja —masa, inercia térmica, presencia en el suelo— y sobre ellos una estructura liviana de madera: vigas, cerchas y diagonales que sostienen las grandes cubiertas y forman los aleros. El encuentro entre ambos sistemas se resolvió con precisión desde el diseño, de modo que una vez ajustado ese nudo, pudiera repetirse a lo largo de toda la extensión de las casas.
Esa repetición modular es lo que le da carácter al conjunto. No hay revestimientos que cubran la estructura ni capas adicionales que interpreten otra cosa. La forma de las casas es su sistema constructivo, y viceversa.




El terreno también se respetó con criterio: la pirca de piedra del acceso, los grandes árboles del perímetro, el paisaje agrícola que rodea el predio. Las nuevas construcciones se concentraron hacia el interior y dejaron intacto ese borde preexistente.
Desde 2020, las dos familias habitan estas casas de manera permanente. El proyecto que buscaba resolver cómo vivir juntos sin estar encima del otro lleva ya varios años funcionando como respuesta cotidiana a esa pregunta.











