Desde 2005, cada 29 de septiembre se celebra en Chile el Día de las Artes Visuales. Lo que partió como una forma de visibilizar y poner en valor todo el ecosistema de las artes de la visualidad del país —artistas, curadores, gestores, restauradores, galeristas, investigadores, mediadores—, hoy debiera llevarnos a pensar de manera más profunda sobre lo que nos enseña hacer y ver arte cotidianamente.
Desde la vereda del hacer, el arte nos enseña a indagar cómo se hacen las cosas, para desarmarlas y volver a armarlas de otra manera. Aprendemos cómo se construyen las imágenes a partir de técnicas y materiales donde antes no había nada, y, junto con ello, disfrutamos profundamente del acto de hacer, porque algo propio de nuestra identidad se materializa y se traspasa a esa cosa creada.
Desde el ver, vale la pena recordar algo que señaló el crítico británico John Berger en Modos de ver (1972): la vista antecede a las palabras. Antes de nombrar, miramos, y ese acto de mirar es siempre un proceso cultural, histórico y político: se construye con lo que sabemos, con lo que creemos y con las estructuras de poder que ordenan una sociedad. La publicidad moderna, heredera directa del arte, trabaja también con la mirada, pero busca capturarla y dirigirla; el arte, en cambio, la entrena para dudar, detenerse y preguntar.
En un mundo plagado de noticias falsas, esa mirada entrenada se vuelve una herramienta de discernimiento: permite leer entre líneas, mirar bajo el agua, y reconocer que las estructuras que damos por sentadas —la burocracia, los relatos oficiales, el orden de las cosas— son también construcciones, relatos que alguien hizo y que podemos volver a imaginar y construir de otra manera.
Algo de esto he aprendido trabajando con artistas y niños en Nube Lab: quien investiga en su taller —probando materiales, formulando hipótesis, equivocándose, modificando y volviendo a intentar— piensa muchas veces con las manos antes de poder explicar lo que hace. De ahí nace la convicción de que las condiciones del taller del artista también debieran estar presentes en la escuela y en los espacios que compartimos.
Cuando una persona deja de ser espectadora y pasa a crear, cambia su relación con el conocimiento: debe observar, decidir y resolver. Quienes crean transformando materiales cotidianos hacen mucho más que una manualidad: toman decisiones y aprenden que equivocarse es contar con nueva información para seguir creando. Así, piensan visualmente el mundo que habitan.
Por eso también importa cómo acercamos el arte a las personas. La inclusión cultural implica no sólo ampliar el acceso a una oferta que ya existe, sino también crear experiencias capaces de interpelar a distintos públicos. Niños, niñas, familias y comunidades merecen encontrarse con obras, materiales, preguntas y artistas que los inviten a pensar —en un museo, una plaza, un parque, una escuela o un barrio. Crear, experimentar y encontrarse con la belleza también forma parte de una vida digna.
Algo de eso hemos visto en el Festival Nube, que en tres ediciones en Santiago ha reunido a más de 7.400 personas y a 28 establecimientos educacionales, que han podido recorrer gratuitamente esculturas-juego y participar en experiencias mediadas por artistas-profesores. Este año, el festival llega por primera vez a El Quisco.
Celebrar las artes visuales es preguntarnos qué sociedad construimos cuando más personas pueden crear y transformar aquello que las rodea. Si el arte piensa, el desafío es sencillo de formular, aunque no fácil de cumplir: hacer que más personas puedan pensar con él.



