9 m2 de sombra per cápita: una política de desarrollo urbano

Nuestro cuerpo se protege del aumento de temperatura a través de la expansión de las células que conducen el calor a la superficie de la piel para su radiación y a través de la sudoración que expele el calor por evaporación.

El verano del 2003 en Francia, la llamada canícula elevó las temperaturas en la capital, bordeando los 40°C por más de una semana. Se contabilizaron 15 mil muertos atribuibles al calor en dicho país. El cuerpo y sus sistemas de respuesta a las altas temperaturas no fueron suficientes para los casi 70 mil muertos en toda Europa, muchos de ellos gente pobre o vieja de las ciudades.

Casi 20 años después, cada verano es una nueva canícula. Es nuestra nueva normalidad, el escenario ambiental que estamos viviendo, que será más frecuente, agresivo y cobrará más vidas. Los científicos proyectan que en 50 años, más de un tercio de la población mundial vivirá en lugares que promediarán sus temperaturas máximas de verano en torno a los 40°C. En relación a esto, las autoridades urbanas en muchas ciudades del mundo han comenzado a priorizar la consolidación de algo que parece una respuesta obvia y natural al problema: proveer de sombra vegetal y consolidarla como una política de desarrollo urbano.

Los que leen esta columna, posiblemente tienen la sombra vegetal sobre sus casas, veredas y espacios públicos adyacentes, pero la realidad urbana en Chile es diferente. En Santiago, como en muchas otras ciudades del mundo, su presencia o ausencia refleja una fuerte segregación urbana: donde hay sombra es donde vive la población con mayores ingresos y donde la inversión pública es mayor; mientras su ausencia coincide con los barrios pobres y precarios, cuyos habitantes conocen las virtudes de la sombra en su traslado a trabajar a zonas más acomodadas.

Plantar árboles, y más importante aún, cuidarlos para asegurar su correcto crecimiento, es una responsabilidad y necesidad para el futuro urbano de nuestra población. Hemos sido majaderos en repetir que el bienestar de espacio público se alcanza cuando su población presenta un indicador de 9 m2 de áreas verdes per cápita (donde los 9 m2 es un mito urbano atribuido a la OMS y donde la definición de área verde en Chile es paradójicamente grisácea). Mucho más certero, y de mayor impacto a las consecuencias ambientales que nos enfrenta el cambio climático, es buscar alcanzar los 9 m2 de sombra por habitante, es decir, que por cada ciudadano se plante, cuide y se asegure crecer un árbol de una copa de 3.4 metros de diámetro (A=9 m2), que nos permita cubrir una urgente dimensión de justicia ambiental para todos los habitantes.

Planificar para la sombra requiere aprender a diseñar las ciudades ambientalmente a través del paisaje. No sólo es renovar criterios enraizados en la planificación y sus herramientas, como son el asoleamiento -donde la sombra es una externalidad negativa-, sino construir la sombra y entender la cobertura vegetal como una infraestructura urbana, de igual manera que los servicios sanitarios y otras infraestructuras como la electricidad o el gas. No hay nada blando en una aproximación ambiental hacia a la ciudad, sino una dura objetividad: los árboles bajan la temperatura de la ciudad y mitigan el efecto de isla de calor, su evapotranspiración puede bajar la temperatura del aire en 5°C y las superficies sombreadas pueden bajar su temperatura superficial en 20°C en un día de pleno sol.

Sin embargo, la mirada debe ser integral y sistémica. Así como la contaminación de nuestras ciudades es un problema abordado de manera unitaria, sin distinguir administraciones locales sino el territorio; pues entonces la cobertura vegetal que permite apoyar su reducción disminuyendo el nivel de polvo, secuestrar dióxido de carbono y combatir el efecto calor, debería igualmente ser una política metropolitana sin distinguir barrios ni ingresos. Hacerlo nos permitirá invertir en un seguro de vida para el futuro de nuestras ciudades y la salud de las futuras generaciones en lugares que, como Santiago, cada día se alejan más del vergel soñado para acercarse al desierto.

Foto portada: Augustine Wong en Unsplash