A 115 metros sobre el nivel del mar, donde la costa de la comuna de Navidad se quiebra en taludes que descienden abruptamente hacia el Pacífico, se despliega una geografía que exige una arquitectura de escucha. En la entrada norte de Matanzas, los arquitectos Gonzalo y Manuel Rufin proyectaron Casa María, una vivienda que nace de una lectura profunda de sus grietas y sus vientos.
La familia —amantes del deporte y de la vida de playa— buscaba una segunda vivienda de 240 m2 que lograra empaparse del horizonte marino, pero que a la vez ofreciera un resguardo real frente a los vientos constantes que definen la zona desde el mediodía. El resultado es una pieza de geometría precisa que interpreta el terreno como su principal material de construcción.
La inspiración del proyecto surge de una grieta natural que atraviesa el sitio en su centro. Tomando este gesto geográfico, los arquitectos dibujaron un triángulo rectángulo en planta, situando la hipotenusa de forma paralela a la quebrada. Esta decisión permitió que la nave principal, que acoge los espacios comunes y los dormitorios principales, se orientara hacia el mar, mientras que los programas anexos cierran la figura para dar vida a un patio central.
Este patio se convierte en el corazón de la obra: un espacio exterior protegido donde la vista hacia el mar se mantiene transparente y absoluta. Es aquí donde la arquitectura logra que la vida al aire libre ocurra sin interrupciones, incluso cuando el entorno se vuelve hostil debido a las ráfagas del acantilado.
Aunque en un principio la madera generaba dudas en los propietarios, los Rufin demostraron su nobleza y durabilidad en entornos salinos. Casa María se levanta en una estructura de madera laminada, un sistema que permite vigas sólidas de grandes luces para crear interiores amplios y libres de elementos verticales.
El contraste material es parte de la poética interior: mientras que la estructura de madera laminada se muestra sólida y oscura definiendo los límites de la casa, los revestimientos de eucalipto envuelven los espacios con una calidez honesta y una fibra sin nudos.
Lograr introducir todo el programa en un solo nivel fue un ejercicio de precisión, permitiendo construir dos horizontes limpios que no interrumpieran la mirada hacia el Pacífico. La casa se descubre de forma inusual: la primera aparición es su cubierta, que revestida de gravilla y áridos, se transforma en una extensión del antejardín.
Desde el dormitorio principal, que se apropia de la esquina norte, la experiencia se vuelve íntima. A través de la grieta del terreno, se puede observar directamente la rompiente de las olas. Es en ese detalle, donde el mar entra por la ventana, que Casa María cumple su propósito: ser un refugio que conecta a sus habitantes con la fuerza vertical y horizontal del paisaje chileno.












