Con un toque de luz

“Las casas son estilos de vida», dice el arquitecto Marcial Cortés-Monroy. Bajo esa premisa remodeló ésta en el barrio Pedro de Valdivia Norte, dándole la conectividad que necesitaban sus dueños.

Hace nueve años, esta casa era una típica construcción de playa de onda setentera. Un look nada que ver con el actual, en el que el alma del lugar es una caja de vidrio puesta sobre una base de hormigón mirando los árboles. El encargado de darle nueva vida fue el arquitecto Marcial Cortés-Monroy, quien vio en ella un enorme potencial. Pero para lograr los espacios amplios y la luminosidad que hoy la caracterizan, tuvo que hacer cambios radicales. De la casa original sólo quedan las bodegas en la primera planta y los dormitorios de los niños.

Los dueños se enamoraron de este lugar por el liquidámbar que hay en el jardín de la entrada. El árbol, enorme y robusto, se enrojece en otoño y en invierno bota todas las hojas. Así, desde la pieza principal en el tercer piso se puede ver la cordillera entera nevada después de la lluvia.

Cuando uno entra, pareciera que no está en Santiago. A pesar de que el barrio está en la mitad de la ciudad, dentro de la casa no se escucha ningún ruido urbano. Es como un refugio, un lugar tranquilo y sobre todo luminoso, en medio de la vida ajetreada de la capital. “Una verdadera isla”, dice Cortés-Monroy.

El arquitecto pensó en la remodelación considerando ante todo el jardín: “Hice una arquitectura que acogiera el paisajismo”, dice. Levantó el living ¬–que hoy tiene cerca de 3,40 metros de altura– para que los árboles “se hundieran” dentro de la casa y para dejar entrar la luz, que en las mañanas es “una cuestión gloriosa”. Además, a los dueños de casa les encantan las plantas. Los helechos, los bambúes y los suspiros se entremezclan: el lugar toma un carácter selvático. La casa tiene dos grandes focos de luz en los extremos y, según Cortés-Monroy, la vista desde afuera es importante para entender el proyecto: “La verticalidad del volumen con la verticalidad de los árboles te dan un espacio de triple altura”, explica.

El living es el espacio favorito de los dueños. “Es donde todo confluye”, dice el arquitecto. Para ellos no es un lugar sólo para las visitas, sino uno que aprovechan siempre. Por lo mismo, pusieron una cama para leer, dormir o simplemente contemplar los árboles.

Para el creador de la obra, lo que hace que el proyecto sea tan particular son los espacios abiertos que se construyeron pensando en la dinámica de la familia que vive acá. Les gusta cocinar y usan mucho el living. La decoración, la estética, el volumen, todo está subordinado a un estilo de vida.

En la cocina, que también funciona como comedor, el protagonismo se lo roba una mesa larga, que el arquitecto diseñó y construyó con las vigas de la casa anterior, con tres tipos de madera. El resto de los muebles tampoco fueron comprados en tiendas, sino que casi todos los mandó a hacer la dueña de casa.
Los objetos son los que aportan el color y el piso de toda la casa (incluyendo baños y cocina) es el mismo: una tabla de mañío muy delgada, como las que se usaban en las casonas antiguas. La clave de la decoración está en los espacios limpios y neutros. Los dueños creen que cuando las cosas son utilitarias pasan a ser bonitas, y que por eso les gusta tanto el diseño industrial.