Entrar al departamento de Felipe Forteza es casi como entrar a una galería de arte. Aunque dice, entre risas, que no sabe si es realmente coleccionista o sólo acumulador, la selección de arte contemporáneo que tiene es realmente un lujo y, a estas alturas, parte de su ADN.

Cuando Felipe Forteza llegó a este departamento en Vitacura, hace 10 años, el lugar era bien distinto. No sólo el entorno: todavía estaba la rotonda Pérez Zujovic y no existía el Parque Bicentenario, sino también el interior. Cuando le pregunto cómo fue la remodelación, me contesta: “No lo remodelé. ¡Lo dinamité!”. Junto al arquitecto Cristián Labbé, botó muros, agrandó piezas y hasta instaló una antigua chimenea que estaba en el departamento de su abuela en el living. Así, convirtió estos 180 metros cuadrados en un espacio pensado especialmente para él, dividido en dos zonas, una pública y una privada. En la pública, armó un buen hall de distribución, una “rica cocina” –que reconoce que hasta el día de hoy sigue siendo el corazón de la casa; es muy buen cocinero–, un living con mucho espacio y un comedor aparte. Y en la privada, su pieza, el baño y un walking clóset realmente envidiable.

Pero como los tiempos van cambiando, hace poco decidió darle una vuelta, y sumó el comedor al living, porque se dio cuenta que casi no lo ocupaba. En el antiguo comedor armó su escritorio, porque confiesa que hoy convida mucho menos que antes, y que su departamento se ha transformado en un espacio más íntimo.

Y más allá de las remodelaciones, acá lo que realmente impacta desde que uno abre la puerta, es su colección de arte. “Dentro de mi ADN respiro arte”, cuenta. Aquí hay obras desde el suelo hasta el techo, y de los más diversos formatos: cajas de luz, óleos, esculturas, piezas bordadas impresionantes… Una colección de arte contemporáneo que se descubre en cada rincón, y con harta historia.

El amor por el arte empezó hace más de 20 años, cuando trabajaba en CCU. “El gerente general de esa época, Francisco Pérez Mackenna, quería buscar otros canales para vincularse con sus consumidores, y se le ocurrió el arte. Ahí empezamos a generar campañas, a trabajar con galerías y yo me enamoré del tema. Y obviamente, cuando hay algo que te interesa mucho, hay que hacer la tarea… Así es que me dediqué mucho a estudiar, a investigar”, cuenta.

Una de las primeras obras que compró fue un cuadro de Guillermo Lorca, que hoy está junto al comedor. Y ahí no paró más. Viaja a ferias, visita galerías –aunque dice que lamentablemente quedan cada día menos en Chile– y se mantiene muy al día. Una de sus reglas para comprar, además de tener una conexión emocional con la obra, “que le pase algo”, es que el artista viva, exhiba o venda afuera, o sea, que tenga una proyección internacional. Dentro de su colección, que tiene más de 200 obras (y contando…) hay piezas de Voluspa Jarpa, Lotty Rosenfeld, Alfredo Jaar, Amalia Valdés, Vicente Gajardo, Cristian Silva Avaria, Pedro Tyler y muchos, muchos más.

Otro de los temas que le encanta son las antigüedades. “Pero no las antigüedades per se, sino las cosas que te generan pertenencia”, aclara. El sofá Cruz Montt que tiene era de su abuelo y a él siempre le encantó; las sillas del comedor estaban en la casa de una de sus abuelas; las piedras duras eran parte de la colección de su abuela paterna, que también amaba los muebles chinos… Una selección que combina sin miedos con piezas full diseño, como la lámpara del living.

Para Felipe, basta entrar a una casa para saber cómo es el dueño. “Este departamento no tiene un estilo muy tradicional, pero tiene un estilo definido, porque soy yo. Es ecléctico, abierto, inclusivo… Además, yo soy una persona súper transparente, de pensamiento hablado, súper directo, por eso hay tanto color blanco, porque me gusta la transparencia. Lo que tú ves, es lo que hay”, remata.