La decoradora Ana Domínguez lleva más de 15 años viviendo en esta casa y, con los años, esta cada vez más linda y vigente. Los niños han crecido y las necesidades han cambiado, pero este verdadero “hotelito” privado sigue siendo el lugar precioso de siempre.

Es su casa de siempre. Esa donde ha visto crecer a sus cuatro hijos; la misma de las fiestas memorables, como aquella donde se estrenó la Madonna criolla; la de los largos almuerzos junto a la piscina y de las entretenidas comidas a la luz de las velas. Siempre fragante, llena de flores frescas y con buena música, la casa de la decoradora Ana Domínguez sigue sumando historias y recuerdos a sus huesos, pero –al contrario de lo que dictaría el instinto–despojándose de cosas y alivianando la carga.

Como explica su dueña, con los años ha surgido en ella la necesidad de vivir con menos, en un ambiente más claro, simple y limpio. “Mi lema es stay simple. Quizá sea por el exceso de información con el que vivo a diario, por eso necesito que mi lugar sea un espacio descansado, más blanco. Una casa práctica”. Porque la Anita y su socia, Francisca Goycolea, no paran, tienen su agenda llena de proyectos, la cabeza repleta de materiales, colores, texturas y diseños. Entonces se entiende su necesidad de paz visual. “Vivo regalándole cosas y muebles a mis hermanos, cada vez aspiro a un espacio más funcional y despejado”, agrega.

Pero igual su casa es puro detalle. Es cierto que reemplazó el tapiz negro de los sofás del living por fundas de lino blanco, que en lugar del piso negro anterior, ahora hay alfombra de sisal de muro a muro, que las sillas de comedor son menos aparatosas y que en su pieza arrasó con fotos, adornos y el género de las paredes, apostando por el blanco albo y papeles murales lavables de La Canel. Sin embargo, no hay rincón que no delate su gusto por la decoración, el arte y las cosas lindas. Todo con ese look moderno y estiloso tan propio de ella.

La gracia está en que la casa ha evolucionado con la familia y sus necesidades, de forma espontánea, pero con mucha cabeza y gusto de por medio. Por ejemplo, en el segundo piso, eliminaron una terraza y sumaron una salita más amplia, donde los niños pueden estudiar con sus amigos; hicieron más práctica la cocina actual como centro de reunión familiar los fines de semana y dieron vuelta el dormitorio principal para sumar clósets y amplitud.

Pero su esencia está intacta. De hecho sigue siendo ese “hotelito”, como le dice Ana, con su estructura cuadrada, los ventiladores de la terraza funcionando, las toallas de mano almidonadas, muchas flores y plantas, los toldos de las ventanas desplegados y las chimeneas (a gas y etanol) siempre encendidas. Esta es un casa vivida y a la que le viene muy bien el paso de los años. Pero siendo bien francos, con la suerte de contar con una ayudita extra de manos expertas que saben como mantenerla siempre joven, linda y vigente.