Después de vivir 20 años en una construcción de estilo colonial, a pocos metros de este terreno, sus dueños dieron un vuelco: se hicieron una casa más simple, con una arquitectura muy contemporánea, donde la vista es protagonista.

La casa en que vivían quedaba a pasos de un terreno vacío que el dueño de casa siempre miraba. Le gustaba su vista y, aunque su señora le decía que si se iban a cambiar mejor lo hicieran a otro lado, cuando lo lotearon a los dos les encantó. La luz que tenía, en una zona que se caracteriza por ser más boscosa y sombría, los convenció de que era el lugar donde querían estar.

Esta no era primera vez que se construían una casa y querían algo muy diferente a lo anterior. Les gustaba la idea de trabajar con el Estudio Valdés, y cuando los contactaron, la persona que les respondió fue el arquitecto Víctor Villalobos. De inmediato supieron que era lo que estaban buscando. Aunque habían escrito a otras oficinas, después de la primera entrevista con él, sintieron que los interpretaba como familia y tuvieron una muy buena relación, cuenta la dueña de casa.   

Lo que ellos buscaban era una casa para un matrimonio con tres hijos, que fuera luminosa, con espacios amplios, que tuviera poca materialidad y que se fuera repitiendo. Aunque el arquitecto les ofreció tener algunos muros de madera, la dueña de casa prefirió que sólo fueran las puertas; “una casa simple”, esa era la consigna.

“Veníamos de una casa bonita, de estilo colonial, que nos encantaba, pero que tenía mucha materialidad. Los muros eran muy gravillados, entonces, sobre todo después de 20 años, entre el jardín y la poca luminosidad, queríamos un cambio”, afirma la dueña.

Al proyectar la casa, que está ubicada en un sector muy tranquilo del condominio Lomas de La Dehesa, una de sus prioridades era aprovechar la vista; cambiar una casa plana por una con altura, que por un lado mira a los cerros y, por el otro, a la cancha de golf.

Se demoraron más de un año en los planos y comenzaron la obra, que tardó 18 meses, en junio de 2016. El resultado es una construcción principalmente de concreto a la vista, ladrillo y madera, que tiene living, comedor, cocina, un quincho, una salita de estar y cuatro dormitorios. Además, tiene un subterráneo para juegos.

Para la decoración, eligieron al Estudio Domínguez Goycolea. Los dueños de casa habían visto su trabajo en algunas ediciones de nuestra revista y les encantaba la simpleza con la que decoran y lo bonito de sus cosas.

“Habíamos trabajado con decoradoras antes, pero nos encantó la soltura que tenía la Ana para elegir las cosas. A ella le encantó la casa, tenía todo súper claro, nos interpretó”, aseguran. Ana Domínguez y Francisca Goycolea fueron las encargadas de desarrollar este proyecto, al que llegaron cuando aún quedaban seis meses de construcción. Ese margen de tiempo les permitió asesorar a los dueños de casa, también, en las materialidades de algunas terminaciones.

Los dueños querían cambiar el estilo de la decoración y uno de los primeros requisitos era tener un living donde pudieran poner el piano, que toca uno de sus hijos. Para eso, hicieron dos espacios, uno con este instrumento, un sofá en L de Soho Gallery y un gran mueble con televisión, estilo salita, y otro con un living más tradicional, “pero no menos vivido”, aseguran las decoradoras. Separado por una media pared quedó el comedor. Ahí, la mesa y las sillas, que eran de la mamá del dueño, son de Enrique Concha.

Para la cocina trabajaron con Xilofor, hicieron todos los muebles en madera y vidrio y los complementaron con unas sillas Valdés que tenían de su casa anterior. Por otra parte, el quincho, uno de los lugares favoritos de esta familia, especialmente para el dueño, se hizo con un gran comedor para poder disfrutar sobre todo en verano.

“Ellos querían una casa simple y funcional, pero, a la vez, acogedora”, dice Ana. Utilizaron en toda la casa tonos parecidos, claros y oscuros, mandaron a hacer muebles de acuerdo a los espacios y buscaron un estilo más minimalista, que permitiera destacar, sobre todo, la arquitectura. 

En el segundo piso se encuentra la pieza principal, un espacio amplio, con un living y una terraza con vista despejada. También está el baño y el walking closet, con una butaca en el medio; un sector tipo spa, que tiene afuera un deck de madera, con ducha al aire libre. La salita de arriba se resolvió como un espacio que tiene una doble funcionalidad: sirve para trabajar y para la televisión, mientras que la de abajo es una sala de juegos, que también usan como lugar de estudios.

Como la luz era muy importante, le pidieron a Gonzalo Sáez, de DIP Iluminación, que se encargara tanto del interior como del exterior. El paisajismo estuvo a cargo de Karin Oetjen, quien diseñó un jardín mucho más simple que el que tenían antes –venían de un lugar con árboles grandes y cuidado por 20 años–, del que se han ido enamorando, asegura su dueña. La paisajista les recomendó hacer unas piscinas en la entrada, una idea que desarrolló junto al arquitecto y que juegan muy bien con la vegetación, la piedra del piso y la madera de la puerta, que también se convirtió en uno de los lugares más lindos de la casa.