La quinta del arte - Revista ED

La quinta del arte

Cuesta decidirse por qué impresiona más en esta casa: si la colección de arte contemporáneo o el inmenso parque con árboles añosos, frutales y su arco de rosas. Su dueña, paisajista y decoradora, ha sabido usar su buen ojo tanto para llenar de arte
y muebles antiguos cada pieza como para crear con soltura un jardín donde sentirse en pleno campo.

Una menina de Manolo Valdés de dos metros de alto recibe inmutable al abrir la pesada puerta de madera. La custodia un chelo y un violín de Arman mientras el acróbata de José García Chibbaro trata de mantener su equilibrio. Distintos escultores contemporáneos se congregan en esta luminosa entrada de doble altura, un perfecto preludio de lo que queda por descubrir de esta casa, una galería de artistas en su mayoría latinoamericanos.

Todo empezó en Nueva York hace 30 años cuando esta decoradora se encantó con unos muebles Biedermeier en un remate. No sabía mucho de ellos, fue a la librería de la esquina, compró un libro sobre este estilo y le bastó ojear un par de páginas para volver a la subasta y comprar la colección entera. Este acierto le dio el impulso para aprender, iba a cuanto remate había, de cada viaje traía piezas de colección, comenzó una relación con galeristas y, casi sin darse cuenta, el arte y las antigüedades se convirtieron en una de sus mayores aficiones. El buen gusto y el ojo por las piezas de valor los lleva en los genes: nació en una familia ligada al campo, rodeada tanto de frutales como de muebles antiguos y las colecciones de arte de sus abuelos. Su casa es una proyección de todo eso con lo que le tocó crecer.

Ubicada en Vitacura, llegó a ella luego de vivir en Nueva York por más de diez años. De allá no sólo trajo la mayoría de los muebles y obras que decoran el lugar, sino que también un título del Parsons School of Design y del Brooklyn Botanical Garden. De arquitectura chilena y rodeada de añosos árboles, la casa había sido de Teresa Matte Langlois. Cuando la compraron, la modernizaron, le quitaron los arcos, le ampliaron la entrada con un volumen geométrico e hicieron un segundo piso al que se llega por una escalera de fierro forrado en madera sin soportes que parece una escultura más.

Cada pieza, incluidos los dormitorios de sus niños, la terraza y la cocina, guarda importantes obras, pero es el living donde esta colección impacta más. Bajo el cielo pintado por Mario Lagos, el acento más importante del espacio lo pone un cuadro hecho de pedazos de tela por el connotado artista español Manolo Valdés que recuerda al perfil del Medici. Ahí se lucen también una colección de obras de la escuela del uruguayo Joaquín Torres García, uno de los padres del constructivismo, y una selección de grandes maestros chilenos como Roberto Matta, Claudio Bravo y Jorge Tacla. En el centro de la pieza una mesa y una escultura del artista venezolano Rafael Barrios contrastan con la antigüedad de los muebles Biedermeier. Un cuadro con un bodegón cuelga casi inadvertido en una esquina. La decoradora se acerca a éste y cuenta: “Una galerista de Nueva York me mostró una revista de 1925 donde aparecía la obra de un pintor y la crítica de Vicente Huidobro. Llamé a Chile y pedí que me buscaran todos los cuadros de este artista”. Se trata de Carlos Sotomayor, cuyos óleos se lucen en varias piezas de la casa.

Cada ventana asombra con una vista diferente al jardín de media hectárea que rodea la construcción: la terraza con los muebles de fierro de Teruca Langlois, el arco de rosas que la decoradora hizo junto a su amigo Luigi, la piscina de 18 metros de largo y, lejos lo que más le gusta, los frutales y su huerta. Para esta decoradora el tema de trabajar la tierra, hacer compost, plantar, es casi un estilo de vida. “Este parque fue lo que me convenció de comprar esta casa, quería poder replicar eso de vivir en el campo, tener una quinta rodeada de arboles, cosechar mis frutas y verduras”. Y de verdad acá se cosecha: papas topinambur, caquis, membrillos, acelgas, todo tipo de hierbas, limones y naranjas entre otros. “Además me preocupé de que siempre hubiera flores. No importa la época del año, este jardín celebra cada estación”, cuenta.

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