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Una antigua construcción de piedra se ha transformado en una villa moderna, en la que el pasado y el presente conviven pacíficamente. El sello de su dueña se nota con fuerza en esta casa portuguesa.

Elisabete Saldanha es arquitecta y su casa, a la entrada de Guimarães en el pequeño pueblo de Tagilde en el norte de Portugal, es un sueño hecho realidad. Aquí vive con su familia, «que va en aumento», como resalta; en pocos meses nacerá su tercer hijo, que se unirá a ella, su marido y sus dos niños de 4 y 2 años para dar aún más vida a esta villa única, que hasta hace un tiempo era sólo ruinas. Amplia en el exterior y en el interior, rodeada de un bosque de robles, castaños y alcornoques, en esta casa de piedra de aspecto señorial no hace falta la torre para evocar los cuentos de hadas.

Las dimensiones y el aspecto de la casa se mantuvieron tal cual, ajustándose a la morfología del terreno, llena de desniveles, lo que hace aún más interesante la construcción. Todos los elementos históricos del edificio fueron preservados y restaurados, e incluso replicados. A la vez se incorporaron rasgos minimalistas, con los cuales se identifican los actuales dueños. El resultado es un interior rico en detalles y funcionalidad, lo que permite la convivencia de los dos lenguajes, el del pasado y el del presente, sin tener que renunciar a la comodidad, algo esencial para esta familia. “Los compartimentos con maderas y frisos de tinte oscuro fueron en algunos casos restaurados y puestos en sus ubicaciones originales, mientras otros fueron reubicados en áreas públicas para que todos pudieran disfrutar del carácter histórico de la casa”, explica Elisabete Saldanha. En tanto, los frisos trabajados en madera y laqueados en blanco son réplicas de los ya existentes: “Esos representan el pasado y viven en confrontación directa con una línea minimalista que representa el presente”.

La decoración también estuvo en manos de la dueña de casa, quien diseñó casi todos los objetos, como la mesa de comedor, que vuelve a mostrar la coexistencia de la dualidad entre ayer y hoy. Para su construcción aprovechó restos de madera decorativa ya existentes e incluyó nuevos elementos, como cajones. De las piezas adquiridas una de sus preferidas es The Guest, creada por Lladro, a través de Jaime Hayón con pintura de Tim Biskup, porque representa muy bien su gusto y el de su marido. “Trae un componente urbano que es parte de nuestra vida cotidiana y que quiero ver aquí para identificarnos con este espacio que ahora nos pertenece”, afirma. La otra pieza es el mural que se encuentra en un taller anexo, creado por un grupo de artistas de Guimarães. “La representación de las raíces culturales, que son parte de la génesis de mi familia, es una marca que quiero bien visible, porque son estos los elementos que dan carácter al espacio,” resalta Elisabete.

Los colores tienen una función sensitiva. “He utilizado el blanco en los espacios donde pretendía dar una mayor luminosidad y conexión con el exterior, creando una relación más estrecha con el sol. En la planta baja usé el marrón para dar un sello underground asociado al bar, zona de diversión nocturna, pero a través de un material metálico frío, resistente al desgaste, noble”. Lo curioso es que el mismo color se usa en los dormitorios, pero esta vez asociado a la comodidad de la madera. Más visibles son el verde y el azul. “El primero trae el entorno exterior hacia el interior de la casa, especialmente en la sala de música y piscina, que garantiza una aproximación conceptual al lago. Lo segundo está más conectado a las aguas limpias, de una manera muy sutil a la cultura del Japón, y transmite tranquilidad”, dice. Un lugar a todas luces contradictorio y sorprendente.