Mundo privado

Para Paula Zegers, su nuevo taller es mucho más que eso. Un rincón que remodeló y decoró a su pinta, donde nadie le dice lo que tiene que hacer, donde no tiene horario y además puede compartir con sus hijos. Es también el lugar donde prepara su última exposición.

Algo tiene el sector de Avenida Italia. Es entretenido para todos los que lo visitan pero también para quienes viven y trabajan ahí. Una buena mezcla de restoranes, tiendas, galerías y antigüedades… eso fue precisamente lo que atrajo a la artista Paula Zegers cuando buscaba el lugar ideal para su nuevo taller. Hace años que arrendaba otro que, si bien era muy lindo y cómodo, estaba ubicado en un barrio que la tenía muy aislada. “Uno igual necesita tener cierta interacción con gente que está en lo mismo”, explica. Después de cuatro años decidió que era el momento de tener un rincón propio. Centró su búsqueda en las cuadras que rodean Avenida Italia porque, además del atractivo propio del lugar, tres de sus grandes amigos –Samy Benmayor, Bororo y Matías Pinto D´Aguiar– tienen sus talleres a muy pocas cuadras. Con calma recorrió cada una de sus calles hasta que finalmente dio con un par de casitas de adobe. Inmediatamente supo que eran lo que necesitaba.

Como dice ella, siempre pensó que este nuevo taller debía ser para toda la vida. Por lo mismo, no quiso tener que adaptarse a la estructura de las casas, sino todo lo contrario. La misión de remodelar la dejó en manos de Elodie Fulton, arquitecta belga y socia de la galería AFA. Gracias a su estrecha relación con el mundo del arte y a que se ha hecho cargo de la construcción de varios talleres, no fue necesario entrar en muchos detalles ni dar demasiadas instrucciones. “Fue bien fluido”, comenta Paula. Tan fácil que sólo se demoraron cuatro meses en tener todo listo y eso que fue bastante trabajo: para empezar se unieron las dos casas, botaron las distintas piezas y dejaron sólo una oficina, la cocina con un comedor de diario, un baño, un patio interior y el taller propiamente tal. Eso sí, se vieron obligadas a reforzar la estructura con vigas metálicas, ya que la rústica estructura no resistiría tantos cambios. Conservaron casi todos los muros de adobe; dejaron intacto el piso de madera en la entrada y en el resto de la casa, lo hicieron de hormigón; levantaron grandes repisas de madera terciada para que Paula guardara sus miles de colecciones; los muros los pintaron blancos; y eligieron puertas y ventanas metálicas negras. “Me gustan porque son casi como un búnker. Es buena la mezcla porque tienen una cosa súper moderna pero a la vez muy industrial”, explica la artista. Por último, se mantuvo la altura de tres metros del techo pero se dio el gusto de subirlo un metro más en el espacio del taller y de construir una gran lucarna para aprovechar al máximo los rayos de sol.

La transformación fue total. Las antiguas casas se convirtieron en una amplia y luminosa casona. Un espacio íntimo donde Paula puede pasar el día completo. Pintar cuando lo sienta necesario, leer, responder mails desde su escritorio, almorzar y además, compartir con sus hijos. Para suerte suya, sus tres niños sacaron la veta artística. Y cómo no, si además de llevarlo en su ADN –son hijos de Pablo Domínguez– han vivido en este ambiente toda su vida. “Me encanta que estén metidos en el mundo del arte, es maravilloso. Tenemos harto tema en común y nos une mucho”. Con todo eso a su favor, Paula se preocupa de mantenerles los pies bien puestos en la tierra. Sabe que en comparación con sus pares los tres están bastante adelantados, pero les aclara que eso no es suficiente y que para triunfar hay que trabajar… y harto. “Yo siempre les explico que el mundo del arte es súper duro y que para ser bueno hay que trabajar mucho, porque ya no existen los genios”.

Bien lo sabe ella. Es rigurosa y matea. Dice que siente la obligación de pasar todo el día en su taller porque, aunque no siempre tenga muy claro lo que quiere hacer, sabe que en el momento menos pensado puede llegar una buena idea. “La inspiración no existe. Sólo se va dando a través del trabajo constante”, aclara. Con esa misma intensidad y perseverancia preparó su última exposición, que se podrá ver desde el 4 de abril en la galería de la Universidad de la Frontera (UFRO) en Temuco. Titulada Paulatinamente, el nombre nace de la unión de Paula + mente + latina, tal como dice su amigo Bororo en un prólogo que preparó especialmente para esta exhibición. “Papel. Piedra. Tijera. Es cuando juegas. Cuando, ella, imperceptible, misteriosa, fragmenta, sus imágenes revueltas entre sí. Cuando se conjugan, escogidas y aisladas, una vez, sobrepuestas. Unas a otras. Son cabezas olmecas, sobre papel. Lo pre y pos colombino, de nuevo. Paula Zegers otra vez. Finalmente, veo, la virtud de traducir, el sinsabor de lo doméstico, mezclado con nuestro ‘eros’ y nuestra historia. Ella… por reino, jamás regida”.

Esta muestra tiene a la figura humana como protagonista. Tal como cuenta, es un trabajo delicado pero con fuerza, que busca reflejar las distintas perspectivas con las que se puede ver una persona frente al espejo. Por primera vez trabajó con papel y tinta y reconoce que aunque no fue fácil –producto de la inmediatez del resultado y de que es imposible corregir–, ha sido un proceso alucinante. Además, en esta oportunidad optó por dejar de lado el color y concentrarse sólo en el blanco y el negro. “Elegí estos tonos para este trabajo porque tienen que ver con los movimientos y sensaciones del ser humano. Siento que a veces el color puede distorsionar lo que quiero transmitir. Es súper sutil y tiene un poco que ver con la sensualidad”. Lo que la tiene más entusiasmada es dejar Santiago y llevar su trabajo a otras regiones. Según cuenta, esta institución se ha caracterizado por tener una fuerte preocupación por el arte y la cultura, y en el último tiempo han hecho muy buenas exposiciones con reconocidos artistas nacionales, empezando por Roberto Matta. Por lo mismo, fue una invitación imposible de resistir.

Paulatinamente estará abierta hasta el 2 de mayo en Avenida Francisco Salazar 01145, Temuco.