Decoración

Nina Herrera: “Más que solo dormir, hay que habitar la cama”

Antes de ser marca, Nina Herrera fue una casa. Antes de ser empresa, fue una familia. Y antes, fue una niña que movía los muebles del living de sus padres, buscaba simetrías y cambiaba disposiciones. Desde chica, y sin saberlo, empezó a construir una mirada que más tarde se expresaría en telas, camas y casas con vida.

Para repasar su historia, nos abrió las puertas de su departamento en Las Condes, en el que vive hace diez años rodeada de muebles antiguos heredados, tapices con historia y cortinas de seda que compró en India.

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“Toda la vida me gustó la decoración, tenía un sentido de organizar las cosas. Ayudaba a mis amigas a hacer las cortinas, nada profesional, más como un hobby”, recuerda Nina sentada en su terraza. Mientras esperaba a su segundo hijo —hoy de 44— tomó cursos de paisajismo y diseño interior, no como un proyecto profesional, sino como una extensión natural de algo que ya hacía desde siempre.

Años más tarde se casó con Mauricio Riesco, viudo y padre de seis hijos, y juntos formaron una familia de nueve hijos que vivió en El Arrayán, Linderos y Providencia. Esa experiencia fue decisiva. “No se trataba de decorar para una revista, sino de crear casas que funcionaran, que fueran acogedoras, delicadas, pero prácticas. Con tantos niños era imposible pensar en cosas poco usables”.

Mauricio tenía una exportadora de muebles de mimbre y bambú, y Nina se sumó ayudando en la tapicería. Abrieron una tienda en Providencia y ella comenzó a involucrarse cada vez más en las telas. “Al principio las compraba, hasta que un día dije: ‘no lo compremos más, diseñemos nosotros’”. A fines de los años 80, cuando aún existía industria textil en Chile, diseñó su propia colección de géneros, que incluso vendieron a grandes tiendas.

Uno de los grandes cambios que hizo en su departamento fue rediseñar la cocina para que fuera más cálida y acogedora, con papeles que ella misma creó.

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De hacer sábanas para su hija a convertirse en empresaria

El punto de inflexión llegó en 1989, con el embarazo de Trinidad, la hija de ambos. Nina buscaba sábanas blancas para su cama y para una cuna de bronce, pero no encontró nada que la convenciera. Lo que había era caro o poco práctico, así que mandó a hacer las suyas. Eligió géneros, bordados y terminaciones, y quedaron tan lindas que su marido lo vio claro: “Falta una tienda que haga sábanas lindas, pero al alcance de más personas”.

Las primeras que hicieron se vendieron en la tienda de Providencia. Luego dejaron 24 juegos en consignación en una multitienda. Antes de una semana, no quedaba ninguno. Tras ese éxito, dejaron los muebles y transformaron el espacio en taller. En 1990 el proyecto se volvió oficial. Ambos se dedicaron por completo al negocio no solo a producir, sino también a mostrar sus creaciones. “Quería exhibir las cosas, que se viviera la experiencia de tocar y ver”.

Blanco, broderie y pasamanerías

La cama se volvió el centro del relato de Nina Herrera. “La cama es tu refugio. No puede pensarse solo para dormir, sino para habitarla: es un lugar íntimo, donde se descansa, se llora y se procesan las emociones”, dice. Desde ahí aprendió a observar cómo cambiaban las casas y las familias: camas más grandes, rutinas distintas, nuevas necesidades.

A lo largo de los años, ha sido consistente en una decisión fundamental: privilegiar la calidad por sobre la moda. Más que seguir tendencias, la marca ha logrado construir un estilo reconocible y atemporal, capaz de adaptarse a los cambios sin perder identidad. En ese camino, el blanco se volvió un eje, especialmente en la ropa de cama. Cuando la mayoría de las sábanas aún eran estampadas, Nina optó por la simpleza: textiles que iluminaran el dormitorio y resistieran el paso del tiempo.

Una simpleza llena de  detalles —blondas, broderies y pasamanerías— se convirtieron en parte esencial de su sello, elementos que Nina reconoce como propios y que, hasta hoy, no ha querido dejar. Le gustan las líneas botánicas, la naturaleza y los bordados que se repiten como una firma personal.

Sobre su propia cama —diseñada por su hermana y hecha a medida, aprovechando la altura del espacio— es exigente: cambia las sábanas una vez por semana, plancha, cuida las fundas y protege el colchón. ¿Su consejo? El ideal es tener repuestos de fundas de almohadas.

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¿Cómo han cambiado las camas en Chile?

A fines de los años noventa, otro giro marcó la forma de dormir de los chilenos: la llegada del plumón y del cubreplumón. En medio de una fuerte influencia nórdica, la marca introdujo el concepto de la cama blanca como un espacio de calma, orden y refugio. “La cama abierta fue algo que nos costó introducir”, reconoce.

La apertura de su tienda de Vitacura marcó la consolidación de la marca. Ahí se definió una manera de atender, de empaquetar y de formar equipos. “Cómo atendemos, cómo empaquetamos, cómo tratamos a nuestros trabajadores y la calidad que nunca ha cambiado”.

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Nina Herrera hoy

A sus 73 años, dedica su tiempo libre a la orfebrería: hace collares y aros en un taller que adaptó tras la muerte de su marido y que se ha transformado en su refugio. Pero también se mantiene activa en la empresa junto a dos de sus hijos: Pablo como gerente y Martita a cargo de la gerencia de ventas. La marca sigue siendo, en esencia, un proyecto familiar, con el deseo de crecer, abrir nuevos locales en Chile y, a futuro, ampliar el universo hacia la mesa y la ropa.

“Hoy somos cerca de 70 personas, aunque llegamos a ser 170. Cuando las fábricas textiles cerraron, hace unos 15 años, tuvimos que empezar a importar las telas; fue una de las grandes penas que me tocó ver. Aun así, seguimos confeccionando parte de la producción en nuestra fábrica de Cerrillos y complementamos con telas que traemos desde Medio Oriente y con colecciones cápsula de países como Portugal, Italia y Austria”. El catálogo de la marca incluye mantelería, cortinas de baño, toallas, ropa de cama y chales: todos elementos que rodean ese universo íntimo que se desprende a partir del habitar una cama.

Y, a diferencia de casi todas las marcas, no necesitan influencers. “Nunca me imaginé que iba a ser el rostro de la marca, yo solo quería que la gente reconociera Nina Herrera por la calidad y el diseño. Hoy en la calle se me acercan familias que han crecido con la marca y me llenan de cariño. Hay historia y un sello local”, dice.

 

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