Emplazada en el cerro San Luis, esta casa fue por años un sueño para sus dueños actuales. Cada vez que pasaban, la miraban, jurando que apenas se pusiera en venta, serían los primeros en la fila. Fue así como finalmente lograron comprarla y, tras una remodelación hecha con un nivel de detalle impactante, se transformó en una construcción que realmente hace viajar en el tiempo.

Los dueños de esta casa dicen que fue amor a primera vista. Vivían cerca, en el mismo cerro San Luis, y siempre miraban esta construcción que estaba un poco más arriba. “Cada vez que pasábamos por fuera opinábamos que era la mejor casa del sector, y que si alguna vez se ponía a la venta íbamos a ser los primeros en venir a verla, de puro curiosos”, cuenta uno de los dueños.

Y así fue. Apenas apareció el cartel que anunciaba la venta, fueron los primeros en llamar.

Cuando la vieron por dentro, les gustó más aún, pero descubrieron un gran tema: el tamaño. El número de recintos y los espacios eran muy justos y no alcanzaban para lo que tenían en mente. Para solucionarlo decidieron construir un volumen anexo, que permitiera completar el programa faltante, conectándolo con un pasillo-acceso a la casa existente. El trabajo estuvo a cargo del dueño de casa, el arquitecto Cristián Céspedes Schwerter, quien se encargó personalmente de la remodelación. Al empezar este desafío, hubo una pregunta muy importante para el arquitecto: seguir la línea existente de la construcción, o intervenirla por contraste. Como la arquitectura de la casa original era particular y de gran valor, finalmente decidió mantener el mismo estilo, a través del uso de los espacios y la elección de los materiales. Esto permitió lograr una unidad que mantiene el espíritu del diseño realizado por el arquitecto Carlos Alberto Cruz en 1964.

Después de un largo y minucioso trabajo –que consideró la reutilización casi por completo de la piedra Pelequén y de estructuras de madera de alerce existentes en volúmenes anexos– esta construcción se transformó en una verdadera oda a los años 60, con un estilo que sus dueños han sabido respetar. De hecho, Cristián cuenta que cuando llega gente por primera vez, siempre perciben la casa como si hubiera sido concebida así originalmente.

“Esta casa tiene una arquitectura muy particular, que tiene que ver con cómo se posa la casa sobre el terreno para aprovechar las vistas, cómo se conciben y relacionan los volúmenes entre sí.

Es una casa de estilo moderno, pero con claras influencias japonesas, que se advierten en la forma del techo, en los tamices entre la panelería de madera vidriada y los trillages opacos, en la vegetación y en el uso de la piedra”, cuenta Cristián.

Una de las grandes gracias de esta casa son sus vistas. No sólo las que dan hacia el Club de Golf y hacia Isidora Goyenechea, sino también las que se logran entre los volúmenes que la componen.

“Una situación muy particular son los núcleos de hormigón texturados que contienen los servicios –baños y cocina–, que se recorren perimetralmente, permitiendo espacios abiertos y comunicados que se fugan hacia el paisaje; y también la transparencia de las fachadas, que permite que los volúmenes se miren entre sí, estableciendo una relación constante entre ellos”, dice Céspedes.

Otro de los temas importantes en esta remodelación era la cocina, una de las pasiones del arquitecto y dueño de casa. “Este fue el espacio que se vio más afectado: creció hacia el antiguo acceso, quedando casi del doble de su tamaño original, con una mesa central para poner todos los artefactos, y abierta hacia el poniente. Ahí, donde antes estaba la entrada, ahora se ven dos acer japónicos que tamizan la luz de la tarde al cocinar”, cuenta Cristián, que confiesa que este es uno de sus lugares favoritos de la casa.

Además de la arquitectura, la decoración es un lujo. Apenas uno entra, se siente como transportado a otra época, casi como Don Draper, el protagonista de Mad Men. Y es que esta pareja es fanática de los 60, y han ido juntando muebles y obras de arte de esta década desde hace años. Uno de los grandes hallazgos fue casi cuestión de suerte: manejando por la calle Holanda, Cristián y su socia, se encontraron con una casa antigua que estaba a punto de ser demolida. No se aguantaron y se bajaron a mirar. “La puerta principal iba perfectamente con el estilo de la casa, era de los 60 y estaban a punto de botarla… Iba a terminar en un basural. Rápidamente pedí comprarla y al final me la regalaron. Ahora está en la entrada y es realmente perfecta”.

A eso se suma una colección de arte bien impresionante. En el muro que une la entrada con el living y el comedor, conviven cuadros de Nemesio Antúnez, Matilde Pérez, Elsa Bolívar e Inés Puyó, casi todos de la década del 60. En el living, una gran fotografía de Mikel Uribetxeberria junto a un cuadro de Amalia Valdés y otro de Paula de Solminihac. Un poco más allá, uno de la última exposición de José Pedro Godoy y otros de Francisco Bustamante y Benjamín Ossa. Un mix que han ido haciendo de a poco, con un ojo inconfundible.

* Este artículo fue publicado originalmente en julio de 2017.