Renacer

Cuesta creer que esta casa en San Fernando tiene menos de un año de vida. Construída como antes y con un estilo campestre y medio francés, literalmente renació de las cenizas de la mano del decorador Francisco Silva. Después de un incendio que hizo desaparecer la casa de sus papás, donde creció junto a sus hermanos, Francisco logró crear un lugar que está listo para acoger a nuevas generaciones, recordando las historias que vivieron ahí.

Cuando el decorador Francisco Silva tenía ocho años, sus papás construyeron una casa justo frente al campo de la familia, en San Fernando. Nadie podía entender por qué habían decidido construirla ahí, si la lógica dictaba que la casa familiar estuviera en medio del campo, rodeada de todas las viñas, con el verde metiéndose por las ventanas. Pero su papá tenía algo claro: quería tener la carretera como barrera natural para desconectarse del trabajo. Una vez que cruzaba, era el momento de olvidarse de todo.

Y esa fue la casa de la familia durante más de 40 años. Ahí crecieron todos los hijos, se casaron, hubo bautizos y los nietos se bañaron en la piscina… Hasta que hace un par de años, un incendio la hizo desaparecer. De esa antigua casa de estilo chileno, llena de historias y recuerdos familiares, no quedó nada.

Tomar la decisión de qué hacer no fue fácil. Pero finalmente, y llevándole la contra a todos los hijos, surgió el veredicto: iban a construirse una casa nueva exactamente en el mismo lugar. La misión quedó a cargo de Francisco. “Yo podía tomar este trabajo desde la perspectiva de los afectos y el cariño, o hacerlo tremendamente profesional y ponerlo desde el primer día como un trabajo más. Me costó tomar la decisión, pero al final opté por la segunda, porque no era sólo un trabajo que le iba a hacer a mis papás, era reconstruir la historia de ellos, de la familia, de todo lo que habían vivido… Y emocionalmente para ellos iba a ser muy fuerte, entonces esta casa tenía que devolverles en alguna medida lo que habían perdido, que es irrecuperable”, cuenta el decorador.

Para el proyecto trabajó con las arquitectas Trinidad Martínez y Alejandra Schmidt, siguiendo las directrices que le dieron sus papás convertidos en clientes. Uno de los temas más importantes fue que la nueva casa tenía que ser multifuncional: de lunes a viernes tenía que acoger a sus papás, pero los fines de semana y durante las vacaciones era necesario que se convirtiera en el centro de eventos familiar. La solución fue crear una casa dividida en dos alas básicamente iguales, casi como un espejo. Así, cuando están solos, pueden cerrar una parte y funcionar sin problemas.

El segundo requerimiento fue que querían una casa de estilo chileno, pero con una marcada influencia francesa. Una arquitectura más ornamentada, con techos altos, molduras y cornisas, pero con una decoración simple. A diferencia de la casa anterior, que había ido creciendo de a poco, adaptándose a la familia, y que estaba llena de engenerados, papeles murales y todo bien exagerado, acá la idea era tener menos, pero mejor. “Querían una casa tranquila, hecha con buenos elementos que fueran protagonistas, donde no te marearas con el resto de las cosas”, cuenta el decorador, quien recorrió varias construcciones antiguas de la zona de Colchagua para investigar cuáles eran las terminaciones que debía tener.

Para Francisco era muy importante darles todas las comodidades en términos de tecnología, pero sin abrumarlos. En muchas terminaciones, ni siquiera se nota a simple vista, pero ahí está. Los muebles de la cocina, por ejemplo, parecen los clásicos de una casa de campo, pero fueron hechos por Alejandra Oñat con rieles hidráulicos tremendamente modernos. Y aunque todos los equipos son de última tecnología, también les instaló una cocina a leña, como siempre habían tenido. “Tenían que llegar un poco a la casa en que vivían. En el piso de la cocina podría haber puesto un porcelanato italiano increíble, pero decidí poner baldosas Córdova –que recorren el resto de la casa– para que tuviera más carácter, eso más imperfecto”, cuenta.

Otro tema fue el intentar plasmar algo de la historia de la familia en esta casa. Francisco llamó a todos sus hermanos para que lo ayudaran en una misión: conseguir la mayor cantidad de fotos posibles, de todos. Incluso contactó a tíos con los que no hablaba hace años para lograrlo. Así, tíos, abuelos, bisabuelos, nietos y todos los hijos, fueron llenando las paredes de una de las galerías, en un enorme panneaux que recuerda a toda la familia.

Y aunque la casa desapareció tras el incendio, después de un trabajo casi arqueológico, lograron salvar algunos muebles. La mesa de comedor y las sillas, el platero, algunos sillones del living y el Coromandel fueron restaurados por María Teresa Ulriksen. Las sillas las patinó y les cambió el cuero por seda, los sofás los retapizó e incluso lograron copiar uno de los sillones, que había quedado convertido en cenizas. “Para evitar que quedara una casa muy añeja, me preocupé de los géneros, de los adornos, de darle el colorido y algo más fresco”, cuenta Francisco. La mayoría de las sedas que usó, para las cortinas y los tapices, las trajo de un viaje a la India y fueron trabajadas por Angélica Larraín.

Otro detalle que Francisco usó para hacer que sus papás se sintieran acogidos, fue que les hizo una salita a cada uno, donde intentó plasmar sus gustos y vivencias. En la del papá armó un ambiente bien masculino, con cueros de vaca, una lámpara con cornamentas y cuadros con elementos de rodeo como espuelas, estribos y caballos. Y la de la mamá, que está junto a la pieza principal, tiene una onda mucho más femenina, “muy de ella”, con un chaise longue y unos grabados que trajo de París, para recordar su ascendencia francesa.

Además de un par de muebles, del incendio sólo se salvaron algunos árboles antiguos, que Francisco defendió con todo durante la construcción. En torno a ellos creó un jardín bien afrancesado, con lavandas, boj, rosas blancas, laureles, muchos setos y bastantes pisos duros; un espacio que ha cautivado a su mamá y que los ha hecho volver a sentirse parte de esta casa.