El departamento de Rafael Hurtado en El Golf es como él, elegante, tradicional, sin estridencias, pero para nada fome ni convencional.

Clásico. Sí, pero distinto. Paredes pintadas con personalidad, tapices y cortinas de seda en tonos naranja, rojo, verde; buenos cuadros, alfombras antiguas, muebles de categoría. Una decoración con carácter, propio de un hombre que sabe y que tiene muy buen gusto.

Rafael Hurtado es decorador desde que nació, aunque no sospecha de dónde viene ese gen. “Mi padre era agricultor, vivíamos en una casa muy linda, pero porque era así no más, la gente viajaba y traía cosas buenas, pero nadie se fijaba mucho ni en géneros, ni muros, ni nada parecido”, recuerda.

De joven se dedicó al negocio de la importación de autos y la decora­ción era una pasión, sabía de muebles de estilo y sus primeros pesos los gastaba en alfombras. A principios de los 80 y como una manera de poder viajar y desarrollar un poco su lado creativo, instaló un negocio de géneros en General Holley. Fue un éxito y, con el tiempo, su afición se transformó en su profesión.

Hoy lleva 30 años dedicado al tema. Su tienda de géneros es de las mejores de nuestro país y sus muebles y sofás a pedido son de esos que duran toda la vida. Gran parte del éxito de su negocio está en su visión. Rafael es un hombre que se atreve, que compra metros y metros de tela morada y negra aunque pocos se arriesguen a usarla. “Siempre fui de avant-garde y me daba cuenta porque acá las cosas que yo traía comenzaban a entrar con fuerza sólo meses después que en Europa y cuando ya estaban de furia en Argentina”.

Sus departamentos pilotos eran grito y plata. Se vendían a puerta ce­rrada con cortina y florero incluido. Una vez tuvo que repetir tres veces la misma decoración en un edificio. “Los interesados compraban el departamento con la condición de que fuera exactamente igual al que yo había ambientado”, recuerda.

Ya no hace pilotos, pero es muy generoso con su talento, da consejos a quien los pida y goza haciéndolo. Eso sí, su departamento es el prin­cipal desahogo de su pasión creativa.

Cada cuatro años este lugar es objeto de un completo cambio de look, una tentación irresistible para un hombre que vive rodeado de los géneros más lindos y que viaja una o dos veces al año a las mejores ferias mundiales del rubro. Su próximo desafío es su dormitorio, pero todavía le falta convencer a la Pacha, su mujer, quien se resiste a un cambio más. “He logrado contagiarla, pero todavía no al punto de que me aguante tanto retapizado”, comenta.

Ubicado en plena Rotonda Pérez Zujovic, eligieron este lugar sobre todo por sus vistas, pero también el barrio y su luminosidad. Ya llevan 16 años instalados aquí y no se cambiarían por nada del mundo, menos ahora que están por terminar la segunda etapa del Parque Bicentenario, el que se encuentra a los pies del living y comedor.

Elegante y galante, Rafael es un hombre simpático, un caballero. El día de las fotos nos recibió impecablemente vestido y tenía muy claro cuáles eran los rincones que debían ser retratados, tenía la casa soplada y llena de flores. Cada vez que invita a comer pasa lo mismo, él se preocupa de la ambientación: las luces bajas (toda la casa tiene dimmer), las cortinas del comedor cerradas (“le da un toque teatral”), buena música y la mesa muy bien puesta. Los muros pintados por Exe­quiel Fontecilla, las sedas y terciopelos y los muebles diseñados por él ayudan a que el resultado final sea perfecto.

Con sus cosas muy claras, asegura que le gustan mucho las mezclas, que el color es un gran aliado, que “en pudiendo” hay que tener una buena tapicería y un biombo de Coromandel, que es mejor un buen grabado que un mal cuadro y que jamás tendría un boulle en su casa. Además, no duda en afirmar que Mario Matta ha sido el mejor deco­rador chileno y que los mueblistas Cruz Montt y Luis Valdés Freire no tienen competencia.