Es mucho más que un simple jardín, es el lugar perfecto para hacer desde un matrimonio hasta un asado familiar. Ubicado en medio de los cerros de Lo Curro, con árboles enormes, caminitos, un silencio como de campo, piscina y un quincho equipadísimo, es el último gran proyecto de la decoradora María Cecilia Rojas y su marido George Anastassiou.

Una casita-taller preciosa, una cocina equipadísima, piscina y un enorme quincho para hacer desde un simple asado hasta una comida formal con muchos invitados. En estas tierras el concepto es diferente a lo típico: es un espacio pensado para disfrutar, para hacer buenos almuerzos conversados, para bañarse en la piscina y para cerrar el local cuando se pone el sol y se termina la sobremesa.

Así es el nuevo proyecto de la decoradora María Cecilia Rojas y su marido George Anastassiou. Un parque con toda la amplitud necesaria, árboles antiguos, mucha hiedra, caminitos, piletas y terrazas, que literalmente es el jardín de su casa, pero que tiene la gracia de estar ubicado a varios kilómetros de distancia de ella.

Tal como cuentan, hace varios años que viven en un departamento y que están felices con la funcionalidad y las mil ventajas de los edificios. Sin embargo, desde hace un tiempo se dieron cuenta que lo único que echaban de menos era tener un jardín. Fue ahí cuando se les ocurrió la genial idea de hacer uno en un terreno que tenían en los cerros de Lo Curro.

Pero vayamos por parte, porque esta historia es más larga. Todo empezó hace unos 15 años, cuando la familia Roi comenzó a vender un enorme parque en esa zona. Fue ahí cuando George, que era muy amigo de Andrés Roi, decidió comprar una parte de estas tierras como inversión. En ese tiempo, sus hijos estaban chicos y la casa que tenían les acomodaba a la perfección. Pero cuando sus cuatro niños crecieron, este matrimonio se entusiasmó con la idea de irse a vivir a este terreno y construir ahí algo más grande. Exigentes los dos y con justa razón –ella es una reconocida diseñadora, dueña de la oficina Diseño II Decoraciones junto a su socia María Jesús Ruiz-Tagle y parte del directorio de la AdD por años, y él, arquitecto y paisajista– encargaron los planos a tres oficinas diferentes. Y cuando se habían decidido por un diseño y tenían todo listo para empezar, dos de sus hijos les anunciaron que querían independizarse y que se iban a vivir solos. Con esa información en la mano decidieron cambiar los planes y echar para atrás la construcción, ya que no tenía sentido hacerlo si la familia se estaba achicando. El problema fue que a esas alturas ya habían vendido la casa en la que vivían, así que no les quedó otra que instalarse en un departamento provisorio. Para su sorpresa el lugar les acomodó tanto que siguen ahí hasta el día de hoy.

Sin embargo, hace dos años comenzaron con el proyecto del jardín en Lo Curro. Eso sí que George había adelantado bastante el trabajo, ya que desde que se compraron el terreno él se encargó de cuidarlo y desplegar en él todo su talento. Lo llenó de caminitos y piletas, y a los enormes encinos y nogales que había le sumó lavandas, salvias, mucha hiedra, cubre suelos, jazmines del cabo y más.

Para la construcción le pidieron ayuda al arquitecto Matías Silva y junto a George armaron en conjunto un plan que incluyó un taller-casa tipo loft, un gran quincho con living, cocina, camarín, baño, bodega, además de una exquisita piscina. “Le pedimos ayuda a este arquitecto que es el hijo de unos amigos. Nos gustó porque es joven, tiene ideas frescas y además mucho talento. Fue perfecto porque George aportó con todos sus conocimientos y su experiencia y juntos desarrollaron un proyecto bien completo”, dice María Cecilia.

El taller-casa fue pensado como un lugar para trabajar o para, eventualmente, vivir. Completamente abierto, tiene un dormitorio, cocina y un living con silloncitos y mesas de trabajo. Obviamente que María Cecilia se encargó de la decoración. Con experiencia de sobra –junto a su socia ha hecho varios proyectos en el extranjero, además de mil otros en todo Chile–, se inspiró en el estilo africano para este espacio. “Este taller tenía que ser funcional, algo simple y fácil porque nadie vive ahí. Por lo mismo elegimos géneros monocromáticos y algunos cueros. También incluimos una escultura de mi sobrina Daphne Lyon que sigue el estilo y sumamos algunos muebles antiguos del abuelo de George”.

En el quincho el concepto de funcionalidad siguió mandando. Muchos de los muebles fueron hechos en obra, los muros son de adocreto, el suelo de maicillo y las vigas y los pilares se revistieron en fierro oxidado. En el sector del living, María Cecilia eligió muebles especiales para el exterior, todos en tonos grises para no interferir con el verde de la naturaleza. La mesa del comedor también es en obra y tiene cuatro metros de largo para juntar un buen grupo de gente. A un costado se instaló la cocina, que además de parrilla tiene disco y todo lo necesario para preparar las comidas más exquisitas.

Inaugurado hace un año, los Anastassiou Rojas han tratado de aprovecharlo al máximo, pero sin romper el concepto de que sea un lugar cien por ciento familiar. “No queremos que se transforme en un club, que se llene de gente en las noches. Fue ideado como el jardín de nuestra casa, para poder disfrutar de la piscina, hacer almuerzos, cumpleaños y obvio que algunas fiestas, pero no siempre, por respeto a los vecinos”.

Y aunque por ahora no tiene planes ni proyectos nuevos para sumarle al quincho, María Cecilia no descarta en el futuro hacer algunos arreglos. “Nunca se sabe, para no vivir ahí estamos sobrados, pero si algún día decidimos instalarnos ahí habría que adaptar el taller. Por ahora el que más lo disfruta es mi marido, ahí se encierra, hace esculturas y también se junta con sus amigos a conversar en una especie de Club de Tobi”.