Hace 15 años la diseñadora de interiores Maca Huneeus y su familia encontraron esta casa en Cole Valley y de ahí no se movieron. La restauraron, ampliaron y, aunque ha ido cambiando a través de los años, siempre ha sido un reflejo de su historia.

Un día manejando por Cole Valley, un barrio de muchas familias jóvenes, lleno de restoranes, tiendas y cafés en San Francisco, Estados Unidos, la chilena Maca Huneeus –que vive en la ciudad hace 25 años– se encontró con una casa de 1903, con una luz preciosa y un letrero que decía que estaba a la venta. Junto a su marido, Agustín Huneuus, y sus cuatro hijas, Antonia, Agustina, Emilia y Ofelia, vivían cerca, pero necesitaban más espacio, y este lugar apareció en el momento perfecto.

A pesar de que la casa necesitaba muchas reparaciones, eso no la desaminó, sino todo lo contrario, fue precisamente lo que más la motivó; poder restaurarla a la medida de su familia era un desafío. Pero fue un proceso largo. Tratar con la ciudad de San Francisco para conseguir los permisos para las remodelaciones tomó tiempo y, aunque compraron la casa en 2001, finalmente pudieron cambiarse en 2004. Desde entonces, no se han movido de ahí.

La casa la cambiaron completa. “Básicamente, mantuvimos las cuatro paredes y trabajamos con el arquitecto los planos desde cero”, cuenta Maca. El arquitecto estadounidense que los ayudó fue John Maniscalco, quien tiene casi 30 años de carrera y una oficina con su nombre desde el año 2000.

En San Francisco hay una ley de preservación para las casas históricas, por lo que no podían tocar el exterior, pero hicieron un piso extra abajo, la reforzaron, se preocuparon de no tener problemas con la electricidad, la calefacción, el gas. Lo principal para Maca era poder “sentir en todo momento” a sus hijas, que eran muy chicas. Desde esa base, idearon un plan con Maniscalco.

La vida en la mayoría de las casas allá es vertical y ésta no fue la excepción. La construcción tiene cuatro pisos, que se distribuyen en sala de juegos, oficina, biblioteca, living, comedor y los dormitorios. “No hay nada muy extravagante, son espacios sencillos, honestos, abiertos, en que todo fluye”, asegura Maca.

Parte de esa energía fue gracias a su trabajo. Maca es diseñadora de interiores y la decoración estuvo a su cargo. “Esta casa en particular ha sido una casa en constante movimiento. Tantos años, hijos, familia, amigos, demasiada gente y anécdotas han pasado por aquí. Esta casa tiene una gran historia y alma, se siente cuando entras, no es una casa hecha e instalada en un día, es una que ha tomado tiempo y ha ido evolucionando con éste”.Muchos de los muebles fueron hechos especialmente para la casa y otras cosas las fueron adquiriendo a través de los años. Los espacios han ido cambiando, las paredes que hoy son grises en algún momento fueron blancas, y en otro azul. “Eso no ha significado tirar todo y comenzar de nuevo”, aclara, pero sí retapizar, pintar, cambiar una lámpara, abrir una muralla, colgar un cuadro que se trajo de algún viaje.

En el caso de la elección de colores, la diseñadora nos cuenta que para ella éstos dependen mucho del estado de ánimo y lo que se quiere transmitir con los espacios. Maca no se guía por reglas, sino por su instinto, por el ambiente y los elementos que se van a usar en ese lugar, como lo hizo con el comedor. “Yo quería que fuera más edgy, rock and roll, esa frecuencia, entonces elegí el color Bohemian Black, colgué una lámpara de bronce de Pierre Cardin de los años 70 y tapicé las sillas con un tapiz irreverente. Inmediatamente el comedor se ve más sexy que una pieza blanca y las comidas son más divertidas así. Puedes crear tanto con un espacio y lograr que la gente se sienta como quieras dentro de él”, afirma.

Así como la lámpara, en esta casa las obras de arte, las esculturas, los cuadros, todo tiene una historia. Maca colaboró por años con la revista Condé Nast Traveller, además viaja mucho por trabajo y por placer, por eso en su casa se pueden ver desde Suzanis que compró en Turquía, cosas vintage de mercados que visita frecuentemente en distintas partes del mundo, hasta una escultura africana que fue regalo de sus suegros o un ángel de madera que le regaló su amiga escultora Pilar Ovalle. Incluso, una escultura que la propia Maca hizo.

A pesar de que hay muchos rincones donde estar y se usan absolutamente todos, asegura, gran parte de la acción pasa en la cocina, un espacio abierto y acogedor donde hasta los invitados se quedan instalados. En esta casa los espacios son definidos, pero abiertos, y hay 360 grados de circulación, así que todo fluye, dice Maca. “Un día cualquiera entras y te encuentras con Ofelia tocando la guitarra en la biblioteca, Ema haciendo galletas y yo al lado de la chimenea leyendo”, cuenta.

Además, es una casa donde se puede disfrutar de la luz del sol todo el día: en la mañana en la mesa del desayuno, en el mediodía en la biblioteca y en la tarde, para la puesta de sol, en la pieza principal.

Y para salir también hay muchas alternativas. El barrio donde están ubicados está lleno de vida: se puede caminar a tomar un café, a clases de yoga, a la farmacia, a la panadería, al parque, “es el epicentro de San Francisco, si lo miras en el mapa es donde pasa la acción, con mucha historia de los años 60, fue la cuna de los hippies”.