Retaguardia rural: las enseñanzas de un paisaje construido por arquitectos anónimos

Muchas veces no sabemos por qué hay personas que escriben sobre los temas que leemos, a no ser que evidentemente sean personajes relevantes y conocidos en la materia. En mi caso, pareciera que me estoy poniendo a la defensiva, pero en realidad estoy tratando de empezar a escribir de algo que vengo registrando en fotografías hace muchos años, un tema del que he podido hablar y exponer en ciertos círculos académicos en más de una oportunidad. Primero quiero salir de ese ámbito académico y escribir con la mayor soltura posible de un tema que realmente me apasiona, que me sorprende cada vez que lo veo y que me hace pensar en su inminente desaparición y constante renovación. Es raro.

Parrones, tensores, telas traslúcidas, mallas Raschel y maderas brutas. Casas, galpones, corrales, ranchos, casas abandonadas, copas de agua, torres de vigilancia, invernaderos, gallineros, rampas de ganado y bebederos. Adobe, ladrillo, hormigón pobre, pircas, puntales, fardos, bollos plásticos, carpintería en madera, hornos de barro, quincha, corredores, patios, cierros de lata y acueductos de madera. Ruinas, techos a dos aguas, techos grandes (pero nunca complejos). Sombra. La mayoría de las veces no sabemos quiénes hicieron estas construcciones, lo que sí sabemos es que son parte de la imagen de paisaje que nos ayuda a entender un lugar; son el imaginario construido, son constructores y posibles arquitectos anónimos. Cuando hablamos de paisaje tenemos que entender que no es ese encuadre idílico conformado por montañas, lagos, playas y bosques milenarios, sino todo lo contrario. Es lo que las personas han logrado interpretar de un lugar para transformarlo e intervenirlo, por medio de la presencia de todo aquello que se necesita para habitar un territorio.

El listado anterior es una parte de los tipos de manifestaciones que definen un paisaje. Aquí está lo esencial de estos “constructos”, la capacidad de ser un fiel reflejo de un tipo de lugar y de un tipo de personas. Es ahí donde posiblemente está lo más delicado de interpretar en estos tiempos por parte de las personas que buscan la ruralidad para proyectar su vida y también para arquitectas y arquitectos: ser capaces de traducir estas necesidades, que son cada vez más recurrentes, en obras contemporáneas que puedan dialogar con esta idea de paisaje.

La sabiduría que está alojada en estas construcciones es una acumulación extensa de experiencias, transmisiones orales, entendimiento del clima, comportamiento del medio ambiente, aprovechamiento de los recursos, desarrollo de tecnologías constructivas y de modos de vida, entre otros, y nos invitan a observarlas para aprender y aprehender, para así seguir con esta transmisión de la sabiduría.

Muchas veces escucho a personas que quieren hacerse una “casa mediterránea” y una vez leí una excelente respuesta a ese requerimiento: ¿de qué parte del Mediterráneo? Es que las casas “de techo plano” tienen su origen en el territorio que bordea el mar Mediterráneo, principalmente de Europa, y por lo tanto responden a su contexto, no al nuestro.

Las posibilidades formales, volumétricas, espaciales, materiales, sustentables, atmosféricas, entre otros adjetivos que nos puede entregar la interpretación de las manifestaciones del mundo rural, con un diálogo contemporáneo en un territorio que es cada vez más deseado, nos invitan a atrevernos y derribar preconcepciones sociales y así ayudarnos a valorar la idea de que la descentralización no es trasladar el mundo de la urbe a la ruralidad, sino más bien a atreverse a dialogar con la ruralidad.

Una vez leí a Alejandro Aravena plantear que el gran problema del desarrollo de la construcción en madera en Chile, en comparación con países desarrollados como Estados Unidos y Canadá, estaba en la percepción social del material, en la imagen de la cabaña o de la mediagua. En tiempos de profundos cambios socio culturales y de la crisis del medio ambiente producida por la acción del ser humano, podemos sobrepasar estas barreras, muchas veces mentales, y abrirnos a percibir más humildemente las enseñanzas de este paisaje rural construido como un aporte a nuestro futuro y, por qué no, al desarrollo de nuevas vanguardias. Espero con ansias una nueva edición de la Bienal de Arquitectura Anónima que se realizó por única vez el año 2003 en el Museo de Arte Contemporáneo y que fue curada y dirigida por el arquitecto Martin Schmidt.

Foto portada: Camilo Palma, @camilopalms