“¡Uge, no te olvides que tu RUT es siete millones, no veinte!”, fue una de las espontáneas frases pronunciadas por algunos amigos en alusión a que tengo 56 años y que supuestamente estoy viejo para estos trotes. Al comentarles que planificaba irme a viajar solo, por un tiempo largo y sin un itinerario definido, me preguntaban sorprendidos: “¿Pero qué te bajó? ¿Te alolaste? ¿Te vino la adolescencia tardía? ¿No te da miedo? ¿Y qué pasa con la oficina? ¿Tienes plata como para financiar un viaje asi? ¡Ah, no! ¡Que valiente! Yo no podría, no sabría que hacer tanto tiempo solo conmigo mismo… Me muero…”. Y así se sucedían los comentarios, teñidos por un notorio escepticismo con ceños fruncidos. Y yo escuchaba atentamente. Y más se incrementaban las ganas de partir. Sólo algunos avezados, y en general mucho más jóvenes, me incentivaban a zarpar, pues se fascinaban con la idea.

Es que desde que abrí un ojo en este mundo me llamaba la atención viajar. Me gustaban los aviones. Me atraían los mapas. Me devoraba la publicidad de líneas aéreas, hoteles y destinos que aparecían en los National Geographic y las revistas Life. Me producía curiosidad oír hablar otros idiomas, ver rostros de otras razas, me fascinaba cuando leía o veía películas con escenas de paisajes y lugares diferentes al mío.

Mi primer viaje en avión lo concreté a los catorce años, tras juntar plata encerando los parquets en las casas de mis abuelas, cortando el pasto y limpiando jardines. El destino era Calama, pues ahí vivía una tía cuyo marido trabajaba en la mina de Chuquicamata. Jamás olvidaré la emoción que sentí cuando despegó ese avión. Aún guardo el diario de vida que escribí, en el que sobreviven, como mudos testigos, un par de sobres con azúcar y otros con sal y pimienta de la desaparecida Ladeco. Luego, recién egresado del colegio, a los diecisiete años, me las busqué y entré a trabajar de junior a una agencia de viajes. Me tocó en repetidas ocasiones limpiar el escusado del baño porque nadie lo hacía, y también levantarme varias veces a las cuatro de la mañana para ir a hacer cola al Registro Civil y conseguir un número para que un cliente fuera a sacar su pasaporte en un horario mas cómodo. A los dieciocho años me mandaron durante un mes a cargo de un grupo de treinta personas que viajaban en un tour por Europa. Cumplí diecinueve años el día que cruzaba en ferry desde Calais a Dover. O sea que desde siempre he trabajado en la industria de los viajes y el turismo, obteniendo grandes logros aunque sin dejar de pasar por estrepitosos fracasos. Aun así, soy bendecido pues realmente no siento que haya trabajado en el sentido de esfuerzo y cansancio de la palabra, como me entretiene tanto lo que hago, nunca he tenido la sensación de que mi trabajo demande un esfuerzo.

Cada época de la vida marcó los destinos y panoramas que hice. En los veinte fue la vida loca. Había que reventarse, conocer gente, ver y probarlo todo. Hacerse de amigos, validarse, sentirse perteneciente, y ganarse un lugar entre los pares. Fueron tiempos de arrojo y riesgo propios de esa etapa cachorra. Los treinta fueron intensos y frívolos. Ya con un poco más de estabilidad económica y una seguridad de poseer juventud garantizada y el mundo a los pies, empecé a seguir tendencias: los lugares donde “hay” que ir… En esa etapa el choclón de amistades se desgranó y se reagrupó entre los que se casaron y luego buscaban un destino especial donde pasar sus vacaciones con sus criaturas, y entre los que permanecieron más tiempo solteros en búsqueda de la gente más cool, el bar más trendy y la mejor fiesta. Mucho acento en la vida de noche, el shopping, look, estilo y seducción. Los cuarenta fueron más apacibles. Económicamente más consolidado, privilegiaba un tipo de viaje más cómodo y reflexivo. Emergió con fuerza la máxima de “más calidad y menos cantidad” al elegir los hoteles, restoranes, y actividades. Se hicieron relevantes los datos de referentes conocidos. Lo cultural le ganó terreno a la vida de noche, la aventura fue menos extrema, y los riesgos mínimos.

Hoy me encuentro con que tengo 56 años. Y, aunque me cuesta harto aceptarlo, ya soy un adulto mayor que dentro de cuatro años podrá acceder a descuentos de tercera edad en el cine. Pero resulta que me siento en perfectas condiciones físicas, tengo una salud de fierro y me invade una curiosidad desatada pues hay aún muchos viajes y cosas que quiero hacer. Y reflexionando sobre esto, una y otra vez, de pronto emerge en gloria y majestad la variable tiempo, que nunca antes fue considerada al momento de planificar un viaje. Y caigo en cuenta que en mi reloj de arena hay más arena en la parte inferior que en la superior, y eso me inquieta y me preocupa. Y, sin tener conciencia ninguna, el proceso de iniciar la travesía ya ha comenzado. Sobre la marcha evalúo las posibilidades reales que tengo de concretar un viaje por un tiempo prolongado. Estoy convencido de que sí es posible, pero tengo igual que analizarlo.

También tengo meridianamente claro que si no lo hago, me pudriré en la lata de la rutina, y de esa deprimente sensación de “haberlo hecho todo” y que la vida enfila hacia su última etapa. Y converso con mis socios. Les planteo mi inquietud poniendo acento en la variable tiempo y explicándoles que necesito hacer este viaje “ahora”, antes de que las condiciones físicas empiecen su proceso natural de deterioro. Ellos no sólo me entienden, sino que sin dudarlo me apoyan y me obligan a hacerlo. Y además, me dicen que me envidian. Su apoyo y el de mi familia me generan un estado de profunda felicidad. Recuerdo que también le comenté esto a una buena amiga, que se va por un año sabático con su familia a Nueva York, quien me dio el empujón final. Ya no tuve ninguna duda. Feliz con la decisión, ya no hay vuelta atrás.

Todo recobra sentido. Me vuelvo a emocionar. Y empiezo a pensar hacia dónde iré. No me es fácil decidir. Conozco buena parte del mundo y no todos los lugares me hacen “tilín”, como sucedería si no hubiese viajado tanto. Y sigo mi intuición que me señala Asia. Y me pregunto por qué Asia. Y la respuesta emerge espontáneamente: por su espiritualidad, su mística, y su enorme diferencia con nuestra cultura. ¿Pero dónde voy? ¿Por cuánto tiempo? Esta vez no tengo plan alguno. Me estreso de sólo pensar. Y como no quiero estresarme, prefiero mantenerme atento y confiar que el panorama se aclarará cuando tenga que suceder. Siento que quiero hacer este viaje en un esquema de “tiempo presente, es decir, a donde me lleve el viento, y por el tiempo que sea necesario”. Leyendo en un café, veo la foto de una espectacular piscina emplazada a 200 metros de altura, en la azotea del Hotel Marina Sands en Singapur, y decido, en ese acto, que quiero iniciar mi viaje en ese lugar.

Hace siete meses que salí de Chile. Tras visitar Singapur, Tailandia, Cambodia, Laos, China, Japón, India y Buthán, vine a Bali donde me arrendé una acogedora cabaña en la que llevo dos meses instalado, y desde la que escribo este artículo. No tenía idea a qué vendría, ni por cuánto tiempo me iba a quedar. Sólo sabía que necesitaba descansar y quería tratar de practicar yoga aprovechando que acá se encontraban haciendo clases dos profesores amigos. Han pasado dos meses y medio y nuevamente me siento descansado, con la mente despejada y listo para continuar dentro de una semana mi viaje a Sri Lanka, Europa y Jerusalén. Desde ahí en adelante no tengo idea. Es altamente probable que este plan cambie de un momento a otro. Lo único que no quisiera que cambie es mi salud, que se ha mantenido impecable hasta ahora. Me cuido de no comer cosas sospechosas, y no me expongo a tonteras.

La soledad era el estado del alma que más temía. Me eduqué en una cultura en que esta emoción o sentimiento es un estado desolado y triste, y a medida que he ido recorriendo este camino he ido descubriendo que, por el contrario, es un estado que cuando se le concede espacio, se transforma en una rica y fértil fuente de crecimiento y compañía. A medida que van pasando los días tomo conciencia de aspectos que quizás para algunos suenen clichés o hasta infantiles, pero para mí no lo son: por ejemplo, de la posibilidad de vivir en tiempo presente en vez de concentrarse en futuro y pasado; de dejarse llevar y no forzar el flujo de los acontecimientos; de no hacerse expectativas que pueden no cumplirse, causando un estado de frustración; de darse el tiempo que sea necesario para hacerse un masaje de pies en una vereda de Bangkok o disfrutar por horas el incesante trabajo de un picaflor en los cerezos de Kyoto; de descubrir un sorprendente mundo interior, de encontrar en mí mismo el mejor compañero de viaje; de seguir la intuición como el único instrumento de orientación válido; de no desear nutrirme sólo de la experiencia ajena del “hay que hacer” o “no hay que perderse” sino que dejar crecer la mía propia y permitirme yo descubrir mis propios “quiero” o “no quiero hacer”; de desprenderse del “deber ser” y de todos los personajes que somos, plantándonos frente al mundo sin máscaras, corazas, títulos, ni linajes adquiridos al nacer, pues en este viaje ese equipaje no tiene validez. Comprender estas dimensiones y otras que aún ni siquiera descubro, era lo que necesitaba lograr cuando me propuse partir.

Si hay alguna conclusión a la que llego sin dudas es que en la vida se deberían realizar, al menos, dos grandes viajes. El primero tras terminar la universidad y antes de entrar de lleno en la adultez y la crianza; y el segundo gran viaje en algún momento antes de que comience a escasear la salud; cuando los hijos ya estén criados, y la situación económica más sólida. Durante mi recorrido he conocido incontables matrimonios y parejas, principalmente europeos, sobre los 70 años –incluso unos de 86–  que andan viajando por esta parte del mundo y muchos haciéndolo nuevamente con mochila. Hace cincuenta años hicieron su primer gran viaje, y hoy están haciendo el segundo. Y se ven sanos, felices, curiosos, renovados, jóvenes, con buen humor y llenos de vida. ¡Y esos sí que tienen un RUT bastante menor que el mío con míseros siete millones!

IMPERDIBLES EN ASIA:

Singapur: Tomar un Singapore Sling en el bar del Hotel Raffles; bañarse en la piscina del Hotel Marina Sands.

Bangkok: Descubrir la noche en los bares y restoranes de las azoteas de los hoteles Banyan Tree, Sofitel, Le Bua, Kudetá, etc. Un bajativo en Maggie Choo’s.

Luang Prabang: Ver el atardecer navegando en un bote por el Río Mekong con un par de músicos tocando en privado.

Shanghai: Paseo por The Bund para ver las magníficas vistas del skyline de noche; subir a la azotea de la nueva World Financial Tower, comer en el salón de té Shanghai Tang.

Beijing: Comer el delicioso pato laqueado en Hua’s Restaurant, en la calle Hua. Visitar el barrio de las tiendas especializadas en caligrafía, Nanxinhua.

Japón: Visitar Tokyo y Kyoto para la floración de los cerezos durante la última semana de marzo y la primera de abril; viajar con el Japan Rail pass; dedicar mínimo una semana a Kyoto y otra a Tokyo; comer comida Kayseki en Kyoto; dormir en un Ryokan; bañarse en un Onsen (termas japonesas).