Óptica

El diseño de información como acelerador social

A veces no es que estemos en desacuerdo. Es que no entendimos bien. Seguimos la corriente en la conversación pero en algún momento nos quedamos atrás. No logramos procesar todo lo que se dijo. Leemos un documento dos veces y seguimos con dudas. Sentimos que deberíamos opinar, decidir o participar, pero algo no cuadra. La información está disponible, circula, llega a nuestras manos… y aun así no se entiende. Habitualmente en esos casos se duda, se desconfía y se opta por quedar al margen. La ilusión de la comunicación.

En un contexto donde los cambios son rápidos y las conversaciones cada vez más complejas, comunicar bien dejó de ser un extra. Hoy es una habilidad esencial para que personas, organizaciones y comunidades puedan coordinarse, colaborar y avanzar juntas.

Durante años se ha puesto el foco en tener más información: más datos, más reportes, más gráficos. Pero hay una diferencia clave que solemos pasar por alto: no es lo mismo acceder a la información que comprenderla, y tampoco es lo mismo comprenderla que poder apropiarse de ella. La información solo cumple su función social cuando las personas pueden usarla, discutirla y aplicarla a su propia realidad.

Aquí entra una disciplina todavía poco visible, pero cada vez más relevante: el diseño de información. Su origen no es nuevo. Las primeras visualizaciones surgieron de una necesidad muy concreta: explicar fenómenos complejos de manera clara para poder tomar decisiones informadas. No se trata de estética, sino de ordenar, jerarquizar y traducir contenidos para que tengan sentido para otros.

El buen diseño de información combina didáctica, narrativa, análisis de datos y representación visual. Parte de una premisa simple, pero exigente: la información no basta con que exista; debe estar diseñada para ser entendida por quien la recibe.

En los últimos años he trabajado llevando este enfoque a contextos corporativos, públicos y ciudadanos. Proyectos muy distintos entre sí, pero con algo en común: explicar con claridad temas complejos que afectan la vida cotidiana. Cuando la información se diseña bien, deja de ser una barrera y se convierte en una herramienta.

Un ejemplo concreto lo ilustra. En Chile, cuando una empresa presenta un proyecto con impacto ambiental, la comunidad tiene derecho a conocerlo y a opinar. El problema es que estos proyectos suelen presentarse en documentos extensos y técnicos, difíciles de entender para cualquier ciudadano no especializado. En uno de estos procesos —un trabajo que luego fue reconocido con el primer lugar en la categoría Diseño de Información de los Premios Chile Diseño— el diseño de información permitió traducir ese contenido técnico a un lenguaje visual y didáctico, sin perder rigor.

Este tipo de situaciones revela algo fundamental: todos miramos el mundo desde nuestra experiencia, nuestros oficios, saberes y sesgos. El diseño de información no elimina esas diferencias; crea puentes entre ellas. Permite que la información viaje sin perderse en el camino, que llegue clara y comprensible a públicos distintos.

Y eso importa porque tiene efectos concretos. Decisiones más informadas. Conversaciones más equilibradas. Comunidades que se sienten parte. Confianza que se construye no desde el discurso, sino desde la comprensión compartida.

Por eso podemos decir que el diseño de información es un acelerador social. No en un sentido abstracto, sino en la vida diaria. Acelera procesos porque reduce fricciones. Acelera acuerdos porque crea lenguaje común. Y habilita participación real.

Chile es un país diverso y cambiante. Cuando la complejidad y la desconfianza son parte del paisaje comunicar bien es una obligación. El diseño de información crea espacios comunes. Y cuando eso ocurre, las buenas ideas no solo se entienden: pueden movilizar a las personas.

 

 

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