A fines de este mes en el Palacio de Versalles, la compañía Malandain Ballet Biarritz estrenará María Antonieta, un espectáculo de danza neoclásica con música de Haydn; un estreno a todo lujo donde la escenografía y el vestuario, impactantes, quedaron en las manos del reconocido diseñador teatral chileno, Jorge Gallardo.

Reconocido en toda Francia y Europa como uno de los mejores coreógrafos contemporáneos, Thierry Malandain y su compañía han sido ovacionados por las versiones de La Cenicienta y La Bella y la Bestia, las que además fueron acompañadas de exitosas funciones por todo el viejo continente. Su aliado impenitente ha sido el chileno Jorge Gallardo, el partner-in-crime de Malandain, quién durante más de dos décadas se ha dedicado a diseñar las escenografías y el vestuario de cada obra de arte que en conjunto han montado, encandilando al público. Gallardo nuevamente es su cómplice en un encargo muy particular, que hace un año atrás Laurent Brunner, el Director del Teatro Real del Palacio de Versalles, les solicitó. Se trataba de montar un espectáculo de danza con un pie forzado muy específico: María Antonieta.

La reina consorte de Francia, casada con Luis XVI y menospreciada por el pueblo de la época, que la llegó a denominar “Madame Déficit”, cuya historia de derroches y lujos ha sido llevada al cine en innumerables ocasiones (siendo la versión de Sofia Coppola en 2006 una de las más recientes y más sonadas), se convertiría, después de tiras y aflojas, en el espectáculo que la Malandain Ballet Biarritz estrenará para toda la élite francesa, el próximo 29 de marzo, y que seguirá girando luego por Europa.

Aprovechando el paso de Jorge Gallardo por Chile –mientras prepara el espectáculo de danza La Casa de los Espíritus, basado en la novela cumbre de Isabel Allende, que se estrenará en el Teatro Municipal de Santiago en septiembre próximo–, nos juntamos con él para que nos lleve al Palacio de Versalles, el lugar donde ocurrieron los hechos en los que se basa este gran espectáculo de danza.

María Antonieta según Gallardo

“Malandain me dijo que quería hacer una María Antonieta no controversial, una María Antonieta no política –a pesar de que siempre su figura lo será–, no enfocada hacia ese lugar. Quería mostrar la humanidad de esta chica que llega desde Austria a Francia en la adolescencia, que se forma en un mundo completamente superficial, que la casan con un niño igual que ella, como era Luis XVI. Una chica aislada, rodeada de gente más vieja, que la criticaba y que quería que actuara como la adulta que no era. Una mirada que se reduce a: ¿Qué más le van a pedir a dos niños que entretenerse y jugar con el lujo?”

“Lo que hice fue ponerme a observar. Hice un viaje a Versalles, miré lugares que no son muy corrientes de mirar, me fui impregnando de este mundo y, aunque había estado muchas veces antes, ahora lo miré de una forma distinta. Decidí construir una sola habitación, donde va a transcurrir toda la obra, y que es un lugar donde la idea es mirarse el ombligo. Es una habitación bella, extremadamente sofisticada, sutil y frágil que quiere ser una mirada dentro del personaje. Si lo piensas, para ellos esos muros y esos jardines eran su mundo, su planeta y no había mucho más. Eran habitaciones rodeadas de cielo y de paisajes. Un poco una jaula hermosa, privada, pero una jaula.

Este espacio debía contener todo eso: momentos de la corte, momentos dramáticos, íntimos, momentos de soledad, de la relación con su primer hijo que la historia oficial tiende a saltarse. Este cambio entre la mujer frívola a la mujer madre.

Lo que sucedió en la historia es que María Antonieta sufrió una enorme transformación luego del nacimiento de su hijo, y ahí hay algo que la historia oficial no cuenta con detalle: cuando María Antonieta se casó con Luis XVI no pudieron consumar su matrimonio inmediatamente, por un problema fisiológico del Rey. Ellos no tuvieron intimidad hasta muchos años después y recién ahí se convirtieron en padres y pareja.

Durante todo el periodo anterior, María Antonieta tuvo amantes, cortesanos militares y príncipes, que incluso ocupaban lugares de importancia en la monarquía (algo muy común y permitido). Sin embargo, cuando se transformó en madre se produjo un quiebre en esta historia. Fue muy maternal y mucha de su frivolidad se atenuó. Pegado a ese hecho viene la Revolución Francesa, seguida de su muerte.

Lo que quiso hacer Malandain en la obra fue marcar ese momento: quería contar la historia de una niña que pasa de la frivolidad máxima, a convertirse en madre; entiende el mundo por primera vez ya como una mujer, viene la Revolución y a esto le sigue su muerte. O sea, cuando recién empieza a comprender el mundo, ella muere, y con esto el fin de un sueño, de una época y un ideal que es el barroco, esta es la gran tragedia”.

“Escenográficamente tenía que abarcar todas estas situaciones. Lo que hice fue pensar: cuando el espacio en el que vives a diario tiene tanto lujo, deja de ser importante, entonces lo eliminé. Quise despojar el escenario de todo, hasta dejarlo lo más limpio posible. Y lo primero que imaginé fue la imagen icónica de María Antonieta: una cabeza con peluca, una silueta de torso fino y un gran volumen en la cabeza; eso marcó el comienzo de esta obra para mí.

Malandain trabajó con historiadores contemporáneos que le desglosaron un poco la historia y se la actualizaron. En la escena del matrimonio, que es donde comienza el espectáculo, con una cena de banquete, los bailarines están vestidos de color crema (porque así fue), pero como acá no quisimos hacer todo tan clásico, dispuse una mesa moderna que se transforma en elemento para otras cosas. En el vestuario imaginé una lectura más contemporánea y por tanto más libre y abstracta, no está hecho de brocatos, que es la típica tela del barroco. Lo que hice fue construir telas teatrales, siluetas muy simples desde el frente, casi planas, que tuvieran todo el volumen escultórico por detrás, logrado a traves de organzas quemadas y recogidas. El objetivo era construir un vestuario sin la estructura de la crinolina del barroco, que permitiera hacer volumen con otras técnicas y lo más importante de todo, que fuera liviano para los bailarines”. 

“Personalmente tuve que armar vestuario, escenografía y ayudar al iluminador. Me tocó trabajar mucho con él en la elección del color de los muros y suelos, que es un color verde turquesa, muy versallesco. Restringí el dorado, porque era difícil pasar a momentos dramáticos o de introspección con este color que siempre nos lleva a algo pomposo; en cambio este verde con la iluminación se puede volver frío, casi gris, pero también puede tener ese tono monárquico y de gran lujo; daba muchas más posibilidades”.

Aunque el estreno será a fines de marzo, este espectáculo de casi una hora y media de duración y con más de 20 bailarines en escena, ya tuvo su preestreno en agosto pasado. Fue una especie de ensayo general, con orquesta en vivo, la Sinfónica de San Sebastián, en Biarritz, que es donde la compañía trabaja. Amantes de la danza, amigos de la compañía y el Director del Teatro Real del Palacio de Versalles, Laurent Brunner, pudieron disfrutar de la primera función de María Antonieta. Al día siguiente los comentarios fueron que esta creación era justamente lo que Versalles necesitaba, que era sofisticada, personal, contemporánea y que lo mejor del gusto francés estaba puesto en el espectáculo; que el vestuario, la coreografía, la escenografía y la dramaturgia habían superado toda expectativa.

Gallardo recuerda ese momento de satisfacción por otro buen trabajo realizado, y remata con la siguiente reflexión: “Hay distintos tipos de belleza. Existe una que entra por los sentidos y se queda ahí, como el Salón de los Espejos de Versalles, una belleza que te recibe y te oprime, porque te sientes como un insecto bajo todo este mundo decorativo extremo; pero hay otra belleza, que es la de mirar algo y sentir que puedes quedarte eternamente en la contemplación de ésta, encontrando profundidad y sutilezas. A ésta quería llegar, a esa belleza sin tiempo. Ese era el camino más difícil, pero a la vez fue lo más hermoso a transitar”.