Destino final

Aquí no hay rutinas ni actividades agotadoras. Desde hace diez años que Francisco de La Lastra y Rosario Figueroa vienen a Punta Pite a disfrutar de la tranquilidad y del paisaje que los rodea, en una casa que desde un principio fue pensada para descansar.

Cualquiera da por hecho que la casa de alguien como Francisco de la Lastra –socio de la oficina Enrique Concha y Diseñadores Asociados– está llena de muebles únicos, de diseño, bien elegantes y sofisticados. Pero este no es el caso. Claro está que el hombre no va a dejar de lado sus más de 20 años de experiencia en los que ha desarrollado un ojo crítico para identificar lo que es bueno, pero para su casa en la playa pensó más bien en algo sencillo y fácil de vivir… “bien simple”, como repitió varias veces durante la entrevista.

A ella llegó hace diez años y todo gracias a un amigo. Se estaba empezando a formar un proyecto inmobiliario en Punta Pite, donde dividirían un gran terreno para su venta, pero la casa del antiguo dueño estaba en perfectas condiciones y querían que formara parte de toda la urbanización. “La fui a ver y era tan bonito el lugar que me embalé y la compré”, cuenta Francisco. Lo conquistó la vista y porque, según él, está en un lugar bastante estratégico, rodeada de árboles que la protegen y colgando al mar sobre un acantilado. Eso sí, la cosa no fue con entrega inmediata, ya que le pidieron la casa por un año para usarla como “oficina de ventas”. Pero como él es más bien tranquilo, se lo tomó con calma y aprovechó ese tiempo para pensar bien cómo la quería, tanto en arquitectura como en decoración.

De su diseño original decidió no cambiar prácticamente nada. “Si bien es cierto que el dueño anterior la había hecho muy sencilla en materiales, también la hizo con mucha onda y muy cómoda para vivirla”. Así Francisco le hizo sólo una “cosmética”: reemplazó el coirón del techo por tejas –por un tema de seguridad– y optó por crear un nuevo dormitorio principal y de ampliar la cocina, ya que la original era muy chica. Siempre velando por mantener el estilo que tanto le gustó desde un principio y de conservar elementos como el revestimiento exterior de madera, el damero en blanco y negro del piso y las paredes blancas del interior. Se asesoró por su amigo, el arquitecto Juan Sabbagh, quien además se dio el tiempo de acompañarlo en varias de las visitas semanales que hacía Francisco para revisar cada uno de los avances.

Para pensar en su decoración el tema fue todavía más fácil, gracias a la dupla que hace con su señora Rosario Figueroa, quien también sabe bastante del tema. Como querían que la casa fuera muy fácil de mantener y que nada fuera tan delicado como para complicarlos ni esclavizarlos, eligieron varios muebles de su casa en Santiago que ya estaban un poco más “carreteados”, además de algunas cosas que encontró en remates, ferias, el Parque de los Reyes y uno que otro objeto de la tienda. Como dice su dueño, es un mix armónico, suelto, apto para los tres niños con los que llegó en ese minuto y los dos más que se sumaron en el camino. “Es nada que ver al estilo de la casa de Santiago… los muebles están para poner las patas arribas y los sofás para echarse”.

En estos diez años ha sido muy poco lo que ha cambiado. La pensaron tan bien que no ha necesitado de nuevas remodelaciones y a sus dueños tampoco les dan ganas de hacer nada más. “Es una casa que no me da problemas, que funciona perfecto y además es cundidora y cómoda”. Sólo les importa descansar durante los fines de semana que logran escaparse de Santiago, de invitar amigos y de aprovechar la terraza que simplemente es para no moverse de ahí.