En esta casa contemporánea conviven pocos muebles y mucho arte. Su dueña, la artista Patricia Ossa, abandonó la ciudad para radicarse en un lugar cálido y amable, Catapilco. Ahí prepara su próxima exposición que presentará en abril en la galería Artespacio.

“Les advierto que me puse elegante para recibirlos. Yo ando siempre en buzo y con zapatillas”, dice la artista Patricia Ossa al darnos la bienvenida en su casa en Catapilco. Podría decirse que estuvo buscando este valle durante toda su vida y pese a no ser lo que tenía en mente, cuando lo vio fue amor a primera vista. Quería dejar su loft frente a la plaza Las Lilas y cambiarlo por una casa de adobe, con gallinero para ir a buscar huevos por la mañana y manzanos alrededor. Esto no tenía nada que ver, pero tenía cierto magnetismo y ella se sentía como si siempre hubiese vivido ahí. Era el paraíso para cualquier artista.

“No lo dudé. Dije de inmediato que me quedaba. No importaba que estuviera sola en la inmensidad de la nada. Ya vería si me la podía”. Y se la pudo. Tres años vivió sin vecinos alrededor. Luego comenzaron a llegar otras mujeres, artistas la mayoría y con hijos grandes, que buscaban irse de Santiago sin estar demasiado lejos. También aparecieron para acompañarla sus dos grandes y fieles perros: Fidel y Mao.

Para la dueña, esta casa era “un lugar cálido y amable, autosustentable en el sentido de que funciona por sí solo”. Cuando llegó la construcción tenía sólo el primer piso. Eran apenas 64 metros cuadrados que albergaban un living, comedor y cocina, además de un baño, un dormitorio separado por un medio muro y una escalera exterior que conducía a una quinta fachada techada. Como dice el arquitecto Pablo Labbé, a cargo de su ampliación, “era una vivienda de un solo ambiente, pero con la posibilidad de un crecimiento orgánico”. Tiempo después, cerró el segundo nivel para transformarlo en taller, con hartos muebles en obra de manera que no necesitó mucho para armar su nueva casa. Casi todo lo que tenía era herencia de su mamá y abuela, y uno que otro regalo, como el gran ropero de la sala.

Este lugar fue muy diferente a otros. Recuerda que para que sus casas se vieran más lindas, y camuflar más de algún detalle en la pared, tomaba una brocha y se ponía a dibujar. Pintaba un sitial o cualquier cosa que le diera más vida al ambiente, con su ingenio le daba una nueva vida útil y las llenaba de gracia. En ésta también lo ha hecho, pero menos que en cualquiera. Ha arreglado las sillas del comedor y la mesa de centro, aunque aún hay cosas que están a medio terminar… En Catapilco los días pasan lento y las tareas domésticas, el jardín, su huerto –que ya tiene a su haber habas, cebollas y hasta alcachofas– le toman tiempo. Un tiempo que ahora escasea más que nunca mientras prepara su nueva exposición de pintura, que inaugura en abril próximo en la galería Artespacio. Aunque inspiración no le falta: “Es imposible no hacerlo si vives metida en la naturaleza”.