Diseño

Marcela Cure, la diseñadora colombiana que el mundo del lujo no para de mirar

Interiorista, escultora y ahora en el AD100 de Architectural Digest: quién es la barranquillera que está redefiniendo el diseño contemporáneo latinoamericano.

Empecemos por lo que no es. No es la diseñadora que llegó a los interiores después de hojear revistas toda su vida. Estudió ingeniería. Creció en Barranquilla, en una casa marcada por el arte —su madre era artista— y por ese ruido particular del Caribe colombiano que no te abandona aunque te vayas lejos. Para Marcela Cure, vivir del diseño no fue algo planificado: fue lo que pasó cuando empezó a intervenir sus propios espacios con tan buen ojo que la gente a su alrededor quiso lo mismo para los suyos. No hubo un momento de revelación ni una decisión solemne. Hubo, simplemente, una habilidad que se impuso sola y quiso mostrarse al mundo.

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En 2015 abrió su estudio. Proyectos residenciales, hoteles, oficinas. En cada uno de ellos, un sello claro: lujo contemporáneo con un espíritu latinoamericano que se enorgullece de sus raíces. No es el latinoamericanismo decorativo que algunos usan como atajo —una cerámica aquí, un color allá— sino algo más estructural, más honesto. Una forma de entender la vida cotidiana, la hospitalidad, el vínculo entre las personas y los lugares que habitan. Sus espacios tienen algo difícil de describir sin caer en los lugares comunes del rubro: no se ven como catálogos, sino como casas vividas, con alma.

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Hay algo más que tampoco estaba en los planes: su obsesión por los objetos. Cuando empezó a diseñar interiores, se dio cuenta de que las piezas que necesitaba para completar ciertos espacios simplemente no existían, o al menos no como ella las imaginaba. El mercado ofrecía opciones, claro, pero ninguna terminaba de cerrar la conversación que sus habitaciones proponían. Entonces empezó a hacerlas. Esculturas trabajadas a mano, muchas en resina, inspiradas en el cuerpo femenino y en los materiales que vienen de la tierra —cemento, arcilla, piedra. Piezas que son a la vez decoración y declaración. Que tienen peso, en todos los sentidos. Esa línea entre el interiorismo y el diseño coleccionable es donde Cure se mueve con más libertad.

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Sus piezas ganaron terreno y el mercado internacional empezó a prestar atención. Ha exhibido en Design Miami y en Collectible NYC, dos de las vitrinas más exigentes del diseño contemporáneo global, y tuvo una muestra individual en una galería de París. Este año, Architectural Digest la incluyó en su AD100 —la lista anual de los cien nombres más relevantes del diseño global—, un reconocimiento que no es solo un título sino una señal de hacia dónde mira la industria. Su estudio opera entre Barranquilla y Miami, aunque la pregunta de dónde «es» Marcela Cure tiene una respuesta más simple: es de donde está trabajando.

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Lo que une todo —los interiores, las esculturas, los proyectos de hospitalidad, los objetos de edición limitada— es una coherencia de criterio que resulta cada vez más escasa. Hay algo que no cambia en ninguno de sus proyectos, ya sea una residencia privada o una pieza coleccionable: la sensación de que detrás de cada decisión hubo una persona con criterio, no un algoritmo de tendencias. Que alguien pensó ese espacio, eligió ese material, propuso esa forma porque tenía algo que decir con ella. En un sector que produce mucho y dice poco, eso todavía vale algo. Bastante, de hecho.

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