Después del iceberg

Un par de años antes del estallido, la pandemia, y todo lo que vino después, recuerdo haber estado en un seminario empresarial, donde un público absorto observaba cómo CEOs y otros cargos de grandes corporaciones con excelente diseño de servicios nos hablaban del prototipado, las organizaciones horizontales y la reorganización, en base a las necesidades recogidas gracias a una forma de trabajar apuntando al usuario y a una constante mejora.

Yo, una adulta “joven” venida del mundo de la creatividad, estaba sentada al lado de ingenieros, abogados y otros profesionales provenientes de mundos donde la creatividad no es precisamente necesaria ni se incentiva en su pregrado o en su práctica profesional. Sin embargo, como un gran barco, todos los que estábamos ahí íbamos derecho a un iceberg (o varios) que harían que repensáramos cómo íbamos a cambiar casi todo para poder seguir viaje.

Con los años que han pasado hemos tenido que rediseñar todo. Sí, ese es el verbo: rediseñar. Hemos oído cómo los funcionarios de la salud han tenido que inventar maneras de hacer que pacientes se puedan comunicar con sus familias a distancia, cómo educadores, padres y madres han tenido que implementar nuevas formas de educar a niños y adolescentes, en un mundo donde la tecnología parece avanzar más rápido que nuestra capacidad de reacción.

Y un problema que me parece común, y que alguna vez le escuché nombrar a la gran Ellen Lupton (una estrella del diseño y de su teoría, recomiendo googlearla), es el sesgo de creatividad (Creativity bias) con el que fuimos educados. “No todos fuimos hechos para ser creativos”. “La creatividad toma mucho tiempo”. “Mejor no tratar de reinventar la rueda”. Falacias que separan a “los creativos” de “los concretos” desde una temprana edad… Y que nos pintan un mundo donde repensar las reglas, acciones e interacciones es caótico.

Pues bien, estamos ahí: en medio del caos. 

Para nuestra suerte tenemos un camino que recorrer que ya está teorizado. Tenemos herramientas y metodologías ágiles (Design Thinking, Lean, Scrum, Kanban y cuantas más) que nos ayudan a prototipar este futuro incierto, y debemos, como la generación a cargo que somos, utilizarlas para ir construyendo paso a paso las mejoras que requiere este nuevo mundo. 

No se trata de reinventar la rueda, se trata de dar herramientas y recursos a nuestros círculos de trabajo y familiares, para que las voces y experiencias se escuchen. Diseñar nuevas formas de hacer las cosas desde la empatía y la responsabilidad, sin marearnos con el camino. Ir paso a paso, dando espacio para que la creatividad presente en cada eslabón de la cadena pueda ser escuchada, conversada y utilizada como insumo de mejora.

Los invito a buscar estos espacios de abrir la creatividad. No necesitamos que sean largos días de actividades pautadas, basta con darse media o una hora a la semana para parar esta vorágine y pensar cómo queremos diseñar nuestro mundo, el de nuestros hijos y el de nuestros futuros pares, teniendo siempre en mente que nuestras acciones van a impactar en otros cuerpos y otras mentes. Mal que mal es eso lo que estamos viviendo: la apertura de una nueva manera de comunicarnos, con diversidad, inclusión y donde se necesita diseño más que nunca.

 

Foto: George Pagan III, en Unsplash.