Óptica

Repensar la vivienda social: cuando el diseño define la calidad de vida

El debate sobre la vivienda social ha estado centrado en el déficit habitacional, la calidad física de la solución y en el costo de construcción. Se ha hecho mucho sobre estos aspectos en los últimos 30 años. Hoy se vuelve urgente agregar un foco: el principal problema ya no es solo cuánto cuesta construir o el tamaño, sino cómo estamos diseñando dichas soluciones habitacionales y cómo se debe resolver la tensión entre cantidad y calidad.

El diseño espacial y de la unidad de edificio de la vivienda social y los decretos que lo rigen, se ha quedado atrás respecto de los profundos cambios sociales que ha experimentado el país. Seguimos replicando tipologías pensadas para familias numerosas, cuando la realidad muestra un aumento sostenido de hogares unipersonales, adultos mayores y nuevas formas de convivencia. Esta desconexión entre diseño y vida cotidiana no es menor: impacta directamente en la calidad de vida de las personas.

A esto se suma un contexto aún más desafiante: el cambio climático. Las viviendas no solo deben responder a necesidades habitacionales, sino también garantizar condiciones de confort térmico, acceso a luz natural, ventilación adecuada y eficiencia energética. Hoy sabemos que malas condiciones de habitabilidad afectan la salud física y mental de las personas. Y también sabemos que existen soluciones de diseño para abordar estos problemas.

Casa Colmena, vivienda rural diseñada por estudiantes de Arquitectura USS diseñada para 16 familias de Santa Bárbara, Región del Bío Bío. Ganador del Primer lugar del concurso de vivienda rural MINVU Biobio 2018, resultado del trabajo colaborativo entre academia, sector público y privado

Entonces, ¿por qué no se implementan? En gran medida, porque el diseño de la vivienda social en Chile está fuertemente condicionado por normativas rígidas y por una lógica que prioriza la cantidad por sobre la calidad. Esto limita la innovación y dificulta la incorporación de nuevas tipologías, materiales y configuraciones espaciales.

Existen experiencias internacionales que muestran caminos posibles. Modelos de vivienda colaborativa, con mayor presencia de espacios comunes y una fuerte vida comunitaria, han demostrado ser eficaces no solo en términos sociales, sino también ambientales. No se trata de aumentar costos, sino de pensar mejor.

El desafío es avanzar hacia una vivienda social que entienda la diversidad de sus habitantes, que se adapte a sus necesidades cambiantes y que sea capaz de enfrentar los escenarios climáticos futuros. Y en ese camino, el diseño no es un detalle: es la clave.

Repensar la vivienda social es, en el fondo, repensar cómo queremos vivir como sociedad.

Más de ED

Inspírate en tienda BazarED.cl