Salir a tomar algo se ha vuelto, muchas veces, un ritual casi automático. Elegir el lugar, sentarse, pedir algo para tomar y comer, conversar y pasarlo bien. Y repetir. Casi siempre la emoción está en la compañía, en probar algo distinto o en romper la rutina. Pero qué rico es cuando una salida puede transformarse en algo que va más allá y convertirse en algo inusual e inesperado. En una experiencia elevada.
Siete Negronis logra justamente eso: que tomar un trago no sea solo tomar un trago.
Después de cerrar su local en Vitacura, el equipo se instaló hace tres meses en Terrazas de San Cristóbal, en pleno Bellavista. Una ubicación estratégica, con estacionamientos subterráneos y un entorno que hoy se siente seguro y cómodo, perfecto para dejar que la noche fluya.
Y fluye.


Apenas uno entra, entiende que acá hay mucho más. El espacio —diseñado por Matías Supan, uno de sus dueños— combina un estilo industrial con una calidez inesperada. Mármol, metal y muchas texturas se despliegan en tres pisos y dos terrazas, mientras la iluminación y los colores crean un ambiente íntimo pero vibrante. Desde algunas mesas el cerro San Cristóbal se asoma como telón de fondo, lo que sumado a una música elegida con pinzas —mucho disco, mucho funk, mucha Italia— hace que todo termine de encajar.


Y si bien el nombre lo dice todo —sí, hay siete versiones distintas del clásico negroni, cada una con su carácter y encanto—, la carta no se queda ahí. Siete Negronis ha sido destacado por tres años en el ranking de los The World’s 50 Best Bars, y eso se nota en la amplitud y precisión de su barra.
Una de las estrellas es el clásico Martini, servido congelado a -18°C en un verdadero ritual: llega a la mesa impecable, acompañado de una selección de aceitunas chilenas, cebollín perla, alcaparra reina y salicornias encurtidas en mezcal añejo. No es solo un trago. Es un momento. Y de los negronis, Di Pistacchio, con su bombón, es un imperdible.
Pero si hay algo que termina por transformar la salida en una experiencia, es la dedicada y detallada explicación que hace el equipo de cada uno de los tragos de la carta. Entender los sabores, los procesos, y el oficio detrás de lo que estás por tomar, permite darle un valor único a lo que hacen en la barra. No es solo servir de una botella y mezclar en el shaker. Es jugar, probar y construir combinaciones que no quedan a libre interpretación.


La experiencia no estaría completa sin la cocina, con una carta de comida tan importante como la de tragos. El tártaro de carne, por ejemplo, es el mejor que hemos probado en mucho tiempo. Preciso en su aliño, equilibrado, delicado y potente al mismo tiempo. De esos platos que uno vuelve a pedir sin pensarlo demasiado.
Siete Negronis logra algo que no es tan común: que salir a tomar algo no quede solo ahí. Que cada detalle —desde el interiorismo hasta la explicación del bartender, desde el hielo hasta el último bocado— construya una experiencia coherente.
En tiempos donde todo es rápido, acá se viene a algo diferente: a bajar el ritmo, observar, escuchar y dejarse sorprender. Y eso, hoy, vale oro.
Ojo, que para el 14 de febrero tendrán un menú especial que incluye opciones vegetarianas y sin alcohol. Para reservar, se puede hacer aquí.



